Memorias de Etiopía 2010 "This time for África"

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UN FILM DE: ITAKA TRAVEL CLUB

DIRECTED BY: SORA FAMILY

PRODUCED BY: TELEFÓNICA, EROSKI, DFB, INASMET, GESTORÍA X, INEM.

STARRING: MIGUEL TRIPULANTE LÓPEZ, JOSE LUIS SOBRADO URIEN, AMAIA HK HUIDOBRO, MARIAJE ARBAIZA (LA MEÑIQUES), GARBIÑE ATXAGA (REMEMBER DODOLA), EVA R

CON LA COLABORACIÓN DE: ETHIOPIAN AIRLINES (por las mantas y por sus azafatos), LUFHTANSA (por su imprescindible intervención en el extravío de los equipajes), NISSAN PATROL (nos gusta ser conducidos)

RECONOCIMIENTOS ESPECIALES: al zumo de aguacate, a la hoguera de las montañas Simiens, a la pomada antihistamínica, al Sr. Suárez.

CAPÍTULO I. DOMINGO 21 DE AGOSTO- LUNES 22 DE AGOSTO

Aeropuerto de Loiu, Bilbao, 17:30 de la tarde. Un día especialmente caluroso. Las 4 protagonistas femeninas se reúnen en el hall principal de La Paloma, y después de repartirse los collares antipulgas (cuya discutida utilidad se desvelará en el capítulo 17 de este guión) y despedirse de la familia de Garbiñe, que la había acompañado desde Hernani, sacan los billetes de embarque del vuelo de Lufthansa BIO-FRA LH 4503 (Boeing 737-300), con salida a las 18:45 (198’78 € a través de Rumbo + 10€ de gestión). El vuelo tardaría 2 horas en llegar a destino. Las mochilas (capacidad media de 40l) no necesitan facturarse, y el control de equipajes es laxo (ni nos molestamos en sacar los líquidos, mucho menos el embutido envasado al vacío), si bien es obligatorio descalzarse.

 

            Una vez llegados a la Terminal 1 de Frankfurt, sin embargo, donde nos reunimos con JL, llegado en un vuelo de la LAN desde Madrid, y tras haber obtenido el billete de embarque para Adis Abeba (735 €, 775 € si un error- nunca se sabrá si atribuible a Ethiopian Airlines o la BBK- te obliga a volver a comprar el mismo vuelo 15 días más tarde) los controles son muy rigurosos. Amaia y Mariaje son cacheadas y sus equipajes abiertos y registrados. Se masca la tragedia cuando la policía alemana descubre el bote de Nutella en la mochila de Mariaje y los adictos al cacao ven peligrar su suministro regular de chocolate durante la aventura etíope. Afortunadamente, no se cataloga la Nutella como arma de destrucción masiva y permiten que continúe con nosotros, haciendo compañía al jamón, el lomo, el chorizo, el atún, los frutos secos, las galletas y los demás alimentos típicos de la gastronomía española que para un por si acaso (bueno, dió para varios) llevábamos con nosotros.

 

            El avión, un Boeing 737-300, cuenta con 3 filas de asientos, dobles en los laterales y triples el central. Pantallas personalizadas de DVD, donde emiten una selección de 3 películas en versión original en inglés. Y una cabecero con orejeras abatibles, que resulta muy útil para encontrar una postura menos forzada en las escasa horas de sueño que es posible conciliar en el vuelo de 7 horas de duración.

 

            El primer contacto con el idioma oficial de Etiopía, el amarico, a través del personal de vuelo de Ethiopian Airlines, deja una impresión gutural, fuerte, con resonancias arábigas.

 

            Aterrizamos en Adis Abeba, donde la hora oficial es 1 más que en España. Según sales del finger, lo primero es preciso pasar por inmigración, donde se obtiene el visado por 20$/17€. El trámite lleva unos 15 ó 20 minutos. Tras una visita al baño y gestionar el cambio de divisas en la única oficina de cambio del aeropuerto (lo cual nos acaba ocupando más de media hora), pasamos otro escáner de equipajes y al otro lado de las puertas de salida avistamos a Tripu, llegado desde Estambul el día anterior, melena al viento y cámara en ristre (ya en funcionamiento desenfrenado). Tras los efusivos abrazos de encuentro nos presenta a Dari, el conductor-guía de la agencia “Sora”, con la que habíamos contratado el circuito en jeep de 12 días que nos haría conocer el Sur del país. Tripu estaba asombrado e indignado de que solo para entrar en el aeropuerto a recibirnos le hubieran hecho pasar los mismos controles que a los viajeros que iban a embarcar.

 

            Salidos de la Terminal, Adis nos recibe con una temperatura de 14º C y una fina lluvia que recuerda al tiempo bilbaíno. El Nissan Patrol azul marino de Sora, con indudable rodaje (del año 97), nos lleva a la sede de la agencia a reunirnos con Osman, el dueño, con quien JK había negociado vía Internet desde España los términos de la contratación. Quedaba pendiente de cerrar la ruta definitivamente escogida (los programas tipo de la agencia no se ajustaban a nuestro tiempo disponible y nuestras preferencias), así como el pago (aunque pedían un adelanto del 50% vía transferencia bancaria, dados los problemas que presentaba la entidad española, Osman estuvo de acuerdo en que pagáramos una vez en Adis, al inicio del viaje). Entregamos los 220€ por barba, y confirmamos la ruta esbozada, aunque dejándonos abierta la posibilidad de cambios, básicamente en función de si la climatología nos permitía incluir las montañas Bale en nuestro periplo. Osman nos recomendó vivamente buscar un plan alternativo, tanto para las Bale, en el SE, como para las Simien, en el Norte, puesto que aseguraba que dada la época del año y la altura de estas cimas, la niebla era persistente y la posibilidad de lluvia segura, y no podríamos disfrutar del paisaje ni el avistamiento de la fauna autóctona, principales incentivos de los trekkings. Como más tarde veremos, estaba bastante equivocado.

 

            Cuando salimos de la oficina, la lluvia continúa, y Dari tiene ya colocados en la baca el equipo de acampada, convenientemente cubierto para que no se moje. Nuestras mochilas van en la trasera del jeep. Tras un rápido machiato en la cafetería de los bajos de la agencia y despedirnos de Osman, montamos en el Nissan. Comienza la aventura.

 

            Recorrer las calles de Adis Abeba, bajo la lluvia persistente y el cielo plomizo, resulta un tanto desolador. Adis es una ciudad desvencijada, desmadejada, pobre, de amplias avenidas pero infraviviendas apiñadas, escasos y vetustos coches…no es que tuviera ninguna idea previa de cómo había de ser…pero lo cierto es que me sorprendió. No imaginaba cómo aquella sucesión de barriadas podía ser la capital del país, una ciudad de casi 3 millones de habitantes. Tras una postrera parada a llenar el depósito de gasolina (12 birrs el litro, 1$=13,6152 birr), a las 10:00 abandonamos la ciudad rumbo al Sur, a Arba Minch.

 

            El paisaje que nos encontramos al abandonar la capital es verde, inmensamente verde, brillante, vasto. Llanadas y suaves ondulaciones hasta donde alcanza la vista, y flanqueando la carretera, chozas circulares de tejado cónico construidas enteramente con cañas y paja, que son la imagen constante de Etiopía. Y gente, mucha gente, infinidad de gente en una procesión perpetua por los arcenes de la carretera, yendo, viniendo, camino del mercado, de vuelta a casa, transportando toda clase de cargas, enseres, herramientas, bidones, animales, vegetales…No he visto en mi vida carreteras más animadas que las etíopes, cada metro es una nueva sorpresa de variadas vestimentas, animales, poses, saludos…

 

              La carretera principal por las que circulamos está asfaltada, pero las pocas transversales que la cruzan y conforman el completo callejero de las poblaciones por las que atravesamos son de tierra, y con las lluvias se convierten en auténticos lodazales donde es imposible que no queden atrapados los zapatos. Tal vez es por eso por lo que muchos de los etíopes, niños y adultos, van descalzos. Por eso o porque se trata del 5º país más pobre del planeta. Resulta chocante, sin embargo, el empeño que muestran los que sí usan calzado en mantener éste limpio, gracias a los abundantes limpiabotas, cuya ardua tarea apenas puede lucir 3 pasos hasta que el recién abrillantado zapato vuelve a sumergirse en el lodo blando…O tal vez conozcan técnicas de levitación que los europeos ignoramos…

 

                 En contrapartida a los pantanos de lodo que son muchas de las calles, es sorprendente la pulcritud y orden que presentan todas las viviendas: están impecablemente cuidadas, así como las vallas que rodean cada propiedad, no hay ni un ápice de basura (quizás la necesidad impide la generación de ningún residuo, pues aquí cualquier materia es reciclable y aprovechable). Las ropas de la gente reflejan en cambio la escasez en la que viven. Son por lo general viejas, pardas, muchas veces raídas. Pero constituyen un crisol de estilos y ejemplos de improvisación: paraguas remendados, toallas de baño que hacen las veces de pashmina…Y no faltan muestras de coquetería, tanto en hombres como en mujeres. Hoy es domingo, y la población, de mayoría cristiana ortodoxa, se ha acicalado para ir a misa. Parece que el color de moda es el salmón.

           

                 Las chozas se repiten una y otra vez. Unas más sencillas, apenas unos palos entrecruzados para albergar el ganado, otras más cuidadas, hogar de personas…alguna, escasa, de planta cuadrangular y paredes de adobe, alguna que otra con motivos geométricos pintados…1000 variedades de tocados, peinados, colores…combinaciones “rompedoras”. Trasiego constante en los márgenes de la carretera; no en la carretera, donde apenas nos cruzamos con algún que otro coche y algún que otro autobús local, de modo que solo nuestro jeep y la invasión constante de gente, carros y burros, vacas, cabras y demás ganado ocupa la vía.

Resulta más bien complicado parar en algún sitio a aliviar la vejiga, pero nada es imposible, aunque hasta esto es preciso hacerlo contrarreloj: el primer día de la excursión en el programa de Sora no contempla habitualmente salir avanzada la mañana, recién aterrizados los clientes en el país, de modo que debemos recuperar el tiempo perdido.

 

              Hasta Soda, donde volvemos a parar a repostar gasolina, la carretera es asfaltada. Desde este punto comienza la pista de tierra, en mejor o peor estado. Sin llegar al estrés asiático, nuestro chofer hace frecuente uso de la bocina para alejar a gente y animales que invaden la calzada. La gente reacciona, con calma. Los animales, no.  Más vale tenerlo en cuenta.

 

            Los niños corren tras el jeep gritando incesantemente: “¡Highland, Highland”! Como nos explica el chofer, están pidiendo las botellas vacías de agua mineral que los turistas consumen.

 

            Hacemos una parada para ver las estelas de Tiya. Se trata de unas estelas funerarias del S. VIII correspondientes a unos guerreros. Solo JL entra a verlas. Nosotros nos conformamos con contemplarlas desde detrás de la alambrada que las custodia, rodeados de niños que han venido a vendernos sus artesanías y a pedir dinero, lo que se convertirá en una constante a lo largo de todo el viaje. También había un puestito de una amable mujer que vendía la típica cafetera de cerámica, con cierre de hoja de plátano, que se usa para la ceremonia del café, así como los asientos-almohadas de las tribus del sur que veríamos constantemente más adelante.

 

            La parada a comer supone nuestro primer contacto con el plato nacional: la injera. El pan etiope. Una especie de torta circular porosa, con aspecto de callos, y regusto ácido, sobre el que se vierte la comida (verduras, carne, salsas, más bien picantes). Con otro trozo de injera, sostenido con los 5 dedos de la mano, se forma una bolsita con la que se toma la comida, que se lleva directamente a la boca. La injera no resulta del gusto de todos. Y a Mariaje en concreto no acabó sentándole bien.

El menú es asombrosamente barato: 2 sopas, 3 platos de injera (todo a compartir), té/café y cervezas, salen a menos de 1’5€ por cabeza.

  

            A las 22:00 llegamos a Arba Minch, habiendo realizado la última parte del trayecto ya anochecido. Nos alojamos en la Rift Valley Pension. Como la mayoría de hoteles baratos en Etiopía, se trata de un edificio de una sola planta, con los dormitorios dispuestos en hilera y con su porche individual. Cogemos 3 habitaciones con 2 camas. Dentro del estándar africano, está pulcrísima y cuenta con mosquiteros en las camas. Aunque en la habitación que compartíamos Amaia y yo, el grifo de la ducha goteó toda la noche y por la mañana no funcionaba el agua caliente. La noche salió a 75 birr por persona (unos 4’5€). Dari nos acerca en el jeep a cenar al restaurante Soma (a unos 700m, calle arriba y tomando la carretera principal a la derecha). Es más bien turístico, dentro de que Arba Minch, que esperábamos fuera una mediana ciudad, vuelve a sorprendernos por su disposición desperdigada y poca densidad de población y por sus calles embarradas.

      

             El menú esta vez fue el siguiente: Grill fish, 100birr; 40€ fried fish; verduras; cervezas, tés/cafés…3´5 € por persona. El precio estaba inflado para los turistas: de hecho, la carta en amarico tenía otros precios, en paralelo. Pero al menos todo estaba delicioso y el local era agradable. El Lariam de todos los domingos corría de nuestra cuenta. Además de la profilaxis contra la malaria, Sanidad Exterior de Bilbao también me hizo tomar vacuna contra el cólera (es una vacuna oral, 2 dosis que hay que tomar una semana antes de llegar a la zona de riesgo). Tifus, fiebre amarilla, tétanos, hepatitis A y B…aún las tenía en vigor de viajes anteriores.

A estas alturas habíamos comprobado que fuera de Adis Abeba, donde solo Mariaje tenía cobertura en el móvil, estábamos incomunicados y no era posible contactar con casa.

           

            Una cosa que aprendimos el primer día. Los etíopes se saludan estrechándose la mano y, manteniendo ésta estrechada, se tocan hombro con hombro 2 ó 3 veces. También se besan en la mejilla, tantas más veces cuanto mayor es el tiempo que llevan sin verse. Llegamos a ver saludos de hasta 6 besos en sendas mejillas.

 

            Otra cosa que es fundamental saber desde el primer día: los etíopes tienen su propia forma de medir el tiempo. Lo que para nosotros son las 6:00 a.m. para ellos es la hora 0, de modo que hay que pedir que te especifiquen si te están hablando en hora local o europea, pues en el primer caso habrá que restar 6 horas a la que te den, para averiguar la etíope.


            Los datos de la agencia del circuito Sur:

 

Sora Tours Etiopía. Osma Ahmed, tour ops manager

Office: +251-11-830 02 81. Sefer area, Mina Building, 3rd floor, room 302/2

Móvil: +251-91-160 42 94

Fax: +251- 11-663 12 59

Web: www.soratours.com

 

 

CAPÍTULO II. MARTES 23 DE AGOSTO

           A las 8:00 de la mañana ya estamos desayunando en el Bekele Mola Hotel. Las vistas desde la terraza trasera de este hotel, hacia los lagos Abaya y Chamo, son espectaculares. Desde allí se contemplan las inmensas masas de agua de estos 2 lagos (azules unas, rojizas las otras), separados por la lengua de tierra y montaña que llaman “El Puente de Dios”.  El desayuno, consistente en tostadas con mantequilla y mermelada, huevos fritos y huevos revueltos, con café, fue amenazado (y amenizado) por un mono de considerable tamaño que revoloteaba por los árboles que daban sombra a la terraza. Unos vecinos de desayuno, etíopes, no tuvieron tanta suerte, y el mono se hizo, pese a sus amenazas, con parte de su desayuno, provocando al tiempo un estrepitoso romper de vajilla.

            Nos adentramos en el Parque Nacional Nechisar (90 birrs la entrada). En la carretera se podemos contemplar, tranquilamente sentados, docenas de Geladas Baboons, la especie de mono nacional. Alquilamos un bote por 600 birr, que nos acerca a ver hipopótamos y cocodrilos. No esperábamos ver tantos, ni de tan cerca. Así que el momento fue verdaderamente gratificante. El paseo duró unas 2 horas.


            De vuelta en Arba Minch, el jeep nos deja en la calle principal de la parte alta de la ciudad, y quedamos con Dari para después de comer. Nuestra idea es dar un paseo por esta parte de la población, y bajar hasta el centro de la parte baja de la ciudad, para comer en el Touristic Hotel, donde Dari nos había querido llevar a desayunar antes de que nosotros le pidiéramos que nos acercara al Bekele Mola. Después de un infructuoso intento de encontrar un lugar desde el que hacer llamadas de teléfono, y antes de localizar un centro de conexión a Internet (de irritante lentitud, en el mejor de los casos), a Mariaje y a mí nos da tiempo a una breve partidita de pin pong con los chavales locales (los futbolines y las mesas de ping pong son mobiliario urbano común, y congregan a multitud de chavalería a su alrededor). Después de la caminata hasta la downtown, más larga y calurosa de lo que esperábamos (pero teníamos verdadera necesidad de caminar y estirar las piernas después de tantas horas de jeep), llegamos al restaurante…a la hora que debíamos salir ya de él. Procuramos comer rápido…pero pedir rapidez en el servicio en Etiopía en misión imposible. Advertidos quedáis. Rápido no, pero a gusto sí comimos. Todo lo que pedimos estaba muy bueno (si bien a un precio pues eso, más tourist: 150 birrs).  Pese a esto último, reconocimos que las propuestas de alojamiento y restauración de nuestro guía eran fiables. Además, justo al lado del hotel, los que necesitaban pudieron conectarse a Internet a velocidad occidental.

 

            El jeep abandonó Arba Minch y empezó a remontar la montaña hacia Dorze (2.700m sobre el nivel del mar). Al apearnos del coche para visitar el tumultuoso mercado, una multitud de niños se arremolinan a nuestro alrededor. Procuramos ignorarlos, a ellos y a los guías voluntarios que nos ofrecen sus servicios, y nos paseamos por entre los puestos, meras mantas tendidas en el suelo donde cada vendedor expone su mercancía, principalmente grano, productos de la huerta, y algún producto de primera necesidad (jabones, zapatos…) Las vendedoras que han acabado sus ventas se reúnen para tomar una bebida fermentada que portan en recipientes de calabaza. En otro lado, apartados, beben los hombres.

 

             La primera experiencia con las multitudes acosantes de los mercados etíopes agobió a más de uno. Las advertencias en este sentido habían sido tales que a mí me pareció bastante llevadero. Supongo que el secreto consiste en mantenerse firme, sonreír amablemente declinando todas las invitaciones…y no sentirse culpable por ignorar a los que te rodean cuando el acoso se hace más insistente. Te comen la oreja, te flanquean adonde quiera que vayas y te marean, pero al menos no te agarran para empujarte hacia su puesto, como en algunos mercados vietnamitas y chinos, lo cual se agradece. Eso sí, a la mínima que pierdas la atención sobre tus manos, encontrarás agarrado a ellas algún niño/a etíope. Se cuelgan de tí en lo que canta un gallo y ya no te libras de ellos hasta que abandonas el pueblo. Te pedirán birrs, caramelos, o que les compres zapatos. Es una constante. Insisten bastante, pero a veces se aburren y simplemente te acompañan el resto de la visita, jugando contigo.

 

           Tras visitar el mercado, nos damos una vuelta por el pueblo. Contemplamos las curiosas cabañas, de hasta 12 m de altura, construidas con hojas de falso plátano, y en las que realmente habitan. Constan de una somera separación de dormitorio conyugal, zona común para los niños y otro apartado para el ganado, con el hogar en el centro. Vemos cómo preparan la injera. Y hasta animan a uno de nosotros a hacer una, con la pasta ya preparada. Amaia se lanza, y después merendamos su obra maestra, con una muestra de bebidas locales (honey wine/show seech, que es una bebida suave, y areke, este último bastante más fuertecito, 45º). También degustamos la comida autóctona. Nos ofrecen carne cruda que se adereza con unas especias picantes (tegabino), y que se considera una exquisitez. Por precaución sanitaria yo tan solo pruebo un bocado. Está buena, pero cuidado con el aderezo, porque es extremadamente picante.

 

           También nos explicaron que del falso plátano se sacan unas fibras vegetales para trenzar cuerdas, fabricar vallas, alimentar ganado. Vamos, que esta planta, de crecimiento muy rápido, es la piedra angular de la economía familiar en la región. Todas las familias tienen plantados al menos 3 en su parcela, y esto es suficiente para sostener a todo el clan.

 

             Empieza a lloviznar un poco, y dejamos las maletas en las cabañitas que van a constituir nuestro alojamiento esta noche. Son como las de ellos, pero afortunadamente con camas construidas con madera y cañas, no una piel sobre el suelo o un jergón como usan ellos. Eso sí, la humedad es tal que yo pasé frío, y además mi cama estaba inclinada, lo que me obligó a una postura un tanto forzada toda la noche.

 

           La cena, en la cabaña-comedor en la que habíamos merendado, fue copiosa y exquisita. Estuvimos abrigaditos con los chales de varias capas de algodón blanco con ribetes de color que ellos usan.. Además de los que estábamos, o sea, el guía que nos había enseñado el pueblo, un veterinario con buen nivel de inglés y muy amable, Dari, el jefe del garito y un anciano muy educado y elegante, empezó a aparecer por allí más gente: niños, algún chavalillo joven, y Makelele. Así llamamos a un rastas muy extrovertido y con pinta de guay que Mariaje y yo ya habíamos visto en Arba Minch mientras esperábamos a que los demás acabasen con el primer intento de Internet. Mientras cenábamos, y aun antes, los niños del poblado habían montado una fiesta detrás de las cabañas, con cánticos y percusión, y bailes, todo siguiendo unos ritmos repetitivos, a la que nos invitaron. Y estaban encantados de que lo compartiéramos con ellos. La “pista de baile” estaba hecho un lodazal, con tanto giro y salto, y en la noche cerrada y sin luz ninguna no se veía un pimiento, salvo cuando alguno de nosotros encendía un frontal. La experiencia es muy divertida, pero advierto que agotadora (algo tendría que ver la altura, supongo). Por lo demás, no es del todo apta para quien aún anda recuperándose de una lesión de tobillo. Así que yo me volví antes a la cena. A esas alturas Miguel había ya dado buena cuenta del areke y él y el jefe estaban mano a mano, en pleno momento exaltación de la amistad, haciendo las delicias de los guías y de nosotros mismos, que nos partimos de risa con los bailes que se marcaron.

 

           Sospechamos que el movimiento que se adivinaba fuera de la cabaña-comedor, montando algo alrededor de una hoguera, era un intento de “vendernos” unos bailes tradicionales que no habíamos encargado, con lo que al pretender aclarar esto con Makelele y nuestro guía se generó un momento tenso, en el que cada uno de ellos echaba balones fuera y atribuían al otro la omisión de la información sobre el evento-encerrona. Nosotros lo que queríamos era asegurarnos de que si participábamos en la fiesta no nos iban a exigir luego un dineral, pero cuando nos dijeron que organizarlo costaba 18€ pensamos que podíamos aceptar. A todo esto, Miguel, que por un momento pensamos que se había sobrepuesto al pedal de areke, soltó su ya mítica frase de “this fucking dinner”, con la que pretendía mostrar su indignación por el futurible sablazo del baile, cuando ni tan siquiera nos habían dado de cenar (en su laguna mental, claro está, ja, ja).

 

            Total, que dejando a Tripu durmiendo la mona plácidamente en una hamaca de la cabaña comedor, nos congregamos alrededor de la hoguera, y alguno se dejó cubrir con pieles y lanza en mano se echó unos bailes africanos. Otras lo hicieron sin pieles (era imposible declinar tan insistentes y numerosas invitaciones). Y todos sudamos de lo lindo. En contrapartida Mariaje enseñó a los dorze el Txulalai, sencillo baile típico vasco, que se baila en corro. Les encantó, especialmente el momento de culadas al vecino de corro. Vamos, el chico que yo tenía a mi izquierda me dio tales empujones que ¡casi salía proyectada hacia el otro extremo del corro! Cuando oficialmente el baile finalizó, la gente más joven se quedó aún de cánticos y charleta, yo estuve enseñando juegos de palmas a los niños, Mariaje marcándose unos solos de percusión…Y fue entonces cuando descubrimos la perla musical más preciada de todo el viaje, de la mano de Makelele, que la llevaba de politono en el móvil: Zumbara. A las 24:00, y muertos de sueño, nos retiramos a dormir.

 

CAPÍTULO III. MIÉRCOLES, 24 DE AGOSTO

 

            Llovió durante casi toda la noche, y cuando nos levantamos, a las 7:30, continuaba lloviendo débilmente. Tras un desayuno delicioso, en el que descubrimos las excelencias del zumo de aguacate (Amaia incluso se llevó en una botella de litro de agua el adictivo néctar, que duró apenas medio día antes de oxidarse y pasar a resultar menos apetecible), y después de despedirnos de todo el grupo de gente que nuevamente pululaba por la cabaña- restaurante, el jeep enfila nuevamente hacia Arba Minch. Después de una parada en la ciudad para que Tripu y yo cambiásemos dinero (cambiamos otros 100$, al mismo tipo de cambio que en el aeropuerto), y de otra parada para que Dari recogiera de la Rift Valley Pension la ropa que había dejado a lavar (30birrs la bolsa), nos esperan 2 horas de carretera, hasta llegar a Konso.

 

            Nos alojamos en el Konso Edge Hotel, en la rotonda del pueblo (150 birrs la habitación con 2 camas y baño interior). Es el único hostal que tiene movimiento, quizás porque es el único que tiene luz. Cuando llegamos, a media mañana, no había agua. Y los cortes son rutina de 24:00 a 6:00 a.m.

 

            Nos dirigimos a la Tourisme Office, subiendo por la carretera principal, a unos 100m del hostel. Allí pagamos la tasa obligatoria para acceder a los pueblos, y contratar el imperativo guía local.  Todos apiñados en el jeep, nos dirigimos a Machekio. Se trata de un poblado al borde de un cañón de formas imposibles, que han apodado el Nueva York de Etiopía. El guía nos cuenta el origen legendario de la curiosa formación natural, que habla de un jefe tribal que buscaba un tambor escondido por los Dioses… Nuestro siguiente punto de destino es Gesergio. A medio camino nos detenemos en otro poblado en el que un concurrido mercado está en plena efervescencia. La mezcla de colores de las mercancías, los ropajes y abalorios de los y las vendedoras, es muy atractiva y fotogénica.

En Gesergio una multitud de niños nos rodea hasta el punto de dificultar muchas veces nuestro avance. El pueblo es grande, bien parcelado, como es habitual está impecablemente limpio. Cuenta con casa comunal, de la que el guía nos explica de modo confuso (no nos quedó claro) que se dedica a albergar a los niños y jóvenes enfermos para que no contagien a sus hermanos, o a las parejas recién casadas hasta que tienen el primer niño…o no sabemos exactamente a qué. También vemos el Árbol de las Generaciones. Se trata de un alto árbol, o finos u jóvenes árboles dispuestos cual ramo, que se plantan con cada nueva generación que nace en el pueblo. A su lado se erigen monolitos que representan las victorias guerreras contra otras tribus. Nos explican que están prohibidos los matrimonios dentro del mismo clan (hay 7 en la región), lo cual tiene claros visos de ser una costumbre impuesta para evitar la endogamia. Cuando salimos, pasamos al lado de la escuela, para la que nos piden insistentemente material y dinero. Hay no menos de 4 jeeps aparcados, y otros grupos de faranjis (extranjeros)  inician su recorrido por el pueblo, por lo que dejamos de ser el foco exclusivo de atención.

 

            De vuelta en Konso, nos tomamos una cerveza (caliente) por 15 birrs (lo máximo que veníamos pagando eran 10) y un café preparado a la manera tradicional, en la terraza del Hotel St. Mary (enfrente del que nosotros ocupamos, al otro lado de la rotonda). Desde allí contemplamos el atardecer.

 

            Cenamos en nuestro hotel, en el cenador al aire libre. Los camareros se ataviaban con una bata blanca (no nuclear) que más recordaba a un médico de campaña. Los platos, todos buenos. Probamos el egg-meat; vegetable meat; minchet (bastante picante, que a Tripu le encantó); sehkla tibs (costillas que te sacan recién hechas en un hornillo de carbón), y build meat (también picante). Junto con la bebida, y cafés/tés, nos sale por 170 birrs. Bien es cierto que los cafés nos costaron algo más, me refiero a esfuerzo para convencer al camarero de que nos los sirviera, porque al parecer, llegada una hora ya no se sirven cafés…


CAPÍTULO IV. JUEVES, 25 DE AGOSTO


            Desayunamos en el hotel, atendidos por el mismo enrollado camarero que nos sirvió la noche anterior. Cogemos el jeep y nos dirigimos a Key Afar. Allí hacemos una breve parada para reservar habitación para el día siguiente (que desandamos ruta), en el hostel que nos recomienda Dari. Está muy limpio, pero nos vemos obligados a compartir una habitación supuestamente doble, en que la cama no puede ser doble más que para parejas muy bien avenidas. En el intervalo, JL se compra, por 10 birrs cada una, unas pulseras metálicas doradas tribales que llevaban muchos hombres de allí (el primer día el brazo se le puso verde al mojarlas, pero luego ya no). Lo curioso es que no le pitaron en el arco detector de ningún aeropuerto.

 

            La siguiente parada es Weyto, en medio de la nada. En una inmensa explanada, caliente, reseca y polvorienta.  Un pueblo en mitad de la desierta carretera. Una vez más los niños nos rodean nada más poner el pie en el suelo, sin cesar de pedir. Una vez más, el pueblo es pobre pero está limpio.

 

            Continuamos ruta, tras el pago de la tasa correspondiente en una garita oficial a pie de carretera. La carretera está en obras, vemos al menos 3 excavadoras. Sobre la base de grava colocan filas de piedras, transversalmente, hasta echar la capa definitiva de asfalto, de modo que los vehículos aún no pueden circular y se ven obligados a ir por la pista paralela; pero la gente y su ganado tienen, así, verdaderas autopistas para ir de un lado a otro. Según Dari, la obra no estará terminada antes de 5 años, de modo que no estamos muy seguros de que la parte que ya está adelantada resista la próxima estación de lluvias, vista la diferencia de caudal que pueden llegar a soportar los ríos de unos meses a otros. Las lluvias en este país son arrolladoras.

 

            Llegamos por fin a Jinka. Es una población muy grande y espaciosa, dispersa a lo largo de la carretera de tierra. Con grandes árboles de flores rojas (¿gladiolos?) y vallas de colores. Nuestro hotel está junto a una explanada que alguna vez hizo las funciones de ¡pista de aterrizaje! En esta zona del pueblo hay mucho movimiento. Nos instalamos en el hotel. Esta vez nos quieren dar como habitación para 2 personas las que tienen cama doble y otra individual, y tenemos que plantarnos para conseguir ocupar solo 2 habitaciones, que saldrán en total 500 birrs. Dari nos acerca después en el jeep a comer a un sitio muy agradable, recientemente inaugurado, y regentado por varias eficientes (y guapas, según criterio unánime) mujeres. Además, se comía estupendamente, e igual de barato que en ocasiones anteriores. Tras la comida, Dari nos lleva en el coche al Museo Etnográfico, en una colina en lo alto de la ciudad. En una sala se exhibe un video en inglés en que la hija de unos antropólogos europeos que vivieron aquí en los años 80 narra en primera persona su infancia conviviendo con las tribus de la zona. Resultaría interesante de no ser por la insoportable actitud narcisista de la narradora. De modo que abandoné la sala de video y me dediqué a ver la exposición, con claras indicaciones de utensilios y costumbres. Está expuesto de forma amena, a través de diálogos entre las mujeres de distintas tribus, en los que unas se explican a otras los usos de su propia tribu en cuestión de reparto de tareas, matrimonio, crianza de hijos, etc.

 

            A la salida del museo, un chaval que lía hebra con nosotros en un decente inglés, con la excusa del Mundial de fútbol, acaba, cómo no, ofreciéndose como guía por unos birrs, lo cual declinamos, y regresamos al pueblo colina abajo por otro camino, por nuestra cuenta, dando un paseo. Es un paseo agradable, a la luz del atardecer, y sin que nadie más vuelva a molestarnos hasta que llegamos al centro y los alrededores del mercado, donde Amaia se encarga de comprar algo de fruta.  Regresamos al hotel, pero JL se queda con un chaval que llevaba dándole conversación un buen rato. Le cuenta que es estudiante y le pide que le compre un libro de gramática inglesa. que cuesta 18€. Yo no sé hasta qué punto es cierto que dan uso al libro, o si el mismo libro rula una y otra vez por la misma tienda y el mismo vendedor, vendido indefinidamente a los turistas. 18€ es un precio occidental para un libro, ciertamente. JL se reunió a nuestras cervecitas en el hotel, junto con Dari, su amigo Mammo, que nos haría de guía al día siguiente, y una amiga de éste que no hablaba inglés y permaneció tímidamente sentada a la mesa sin decir palabra. Mammo habla bien inglés y es guía profesional. Fue bastante instructivo. Parece ser que está estudiando turismo y me contó que tras la graduación, en octubre, quería establecerse por su cuenta.

 

            Cenamos en el mismo sitio donde habíamos comido, conservando la misma estupenda impresión. De regreso al hotel, a pie, llama nuestra atención la música que proviene de un bar con terraza: es el waka waka de Shakira, y claro, el motivo perfecto para entrar en el local a tomar una cerveza y bailar. Lo que no sabíamos al entrar allí era que la clase de local que era. Dos señoritas, con un atuendo algo…escaso se apoyaban en la barra, y la escasa concurrencia era exclusivamente masculina. Sin embargo, nuestra presencia tampoco fue recibida con gran sorpresa, ni nos pusieron impedimento al pedir las consumiciones. Las tomamos, bailamos algo, y nos fuimos a dormir. Como descubrimos más adelante, todo local nocturno que encuentras en el país, al menos en el medio rural, desempeña estas funciones. Parece ser que ejercer la prostitución, entre las mujeres etíopes, no está tan moralmente mal visto como en Europa, porque se considera la única salida que tienen muchas mujeres solas con hijos a su cargo de salir adelante.

 

CAPÍTULO V. VIERNES, 26 DE AGOSTO

            Nos levantamos a las 7. Mi intención era darme una ducha, pero nuevamente estábamos sin agua. Tuve que salir a buscar al portero- encargado de mantenimiento, para que diera el agua, que seguía cerrada a pesar de que la noche anterior me aseguraron que desde las 6:30 estaría disponible. No fue a la primera, sino a la segunda que conseguí hacer que la hicieran funcionar. Y cuando ya me disponía a meterme en la ducha…¡me encuentro en ella una rana! Convenientemente inmovilizada con la papelera, consigo asearme a tiempo de salir a la hora programada.

 

            En acercarnos al poblado mursi, en el Parque Nacional Mago, tardamos una hora y media aproximadamente. Debimos pagar la tasa correspondiente (100 birrs por persona + 85 por el coche) y contratar un scout, un guardia armado (65 birrs). En las orillas del camino descubrimos pequeños antílopes (diks-diks) y alguna tortuga. Siguiendo los consejos de Mammo, nos apeamos del jeep antes de llegar al poblado, y lo alcanzamos a pie, campo a través. Ya unos niños nos acompañaban este trecho. Al llegar, Mammo, que hablaba el idioma de la tribu (decía hablar 7 idiomas de cada grupo étnico) y es ya conocido en el pueblo, hace que el encuentro sea más relajado: nos acercamos a un grupo de hombres que están descansando a la sombra de un árbol, nos saludamos, la curiosidad es mutua y ellos nos examinan del mismo modo que nosotros a ellos, algunos hablan algunas palabras en inglés. El jefe habla amarico, de modo que con nuestro guía se entiende perfectamente. Al cabo de un tiempo, decidimos adentrarnos en el pueblo. Y entonces se forma el caos: niños, jóvenes y mujeres nos persiguen en nuestra vuelta por el poblado. Saben que los turistas hacen fotos, y ya está establecido que reciben una propina por ello (1 ó 2 birrs avisan las guías escritas, 5 birrs según nuestro guía), de modo que posan para ser los escogidos en el “casting” y te piden abiertamente ser ellos los fotografiados. Es una situación forzada, y la verdad es que no apetece sacar fotos en esa tesitura, pero es una lástima no tener un ejemplo del aspecto de los y las mursis, estas últimas sobre todo conocidas por los platos de barro con que deforman su labio inferior (deben además arrancarse los 2 incisivos inferiores), y que es una forma de adorno única en el mundo. De modo que tomamos alguna fotografía, pero es casi peor porque entonces el acoso aumenta de intensidad. Finalmente hubo que refugiarse en el coche y partir, después de pasar en el poblado una hora y media en total. Pero con todo, la experiencia fue muy interesante. ¡Resulta increíble que a día de hoy esta gente permanezca casi “incontaminada”, practicando el mismo estilo de vida seminómada que en milenios y con las mismas costumbres!

 

            De vuelta en Jinka, Mammo y Dari van a comer al lugar de siempre, pero para nosotros es una hora muy temprana, y preferimos ir a tomar un café al Goh Hotel (no era de los mejores cafés, por cierto). Allí nos recogen los chicos, y después de saldar cuentas con Mammo (200 birrs), nos dirigimos a Key Afar.

 

               Nuevamente disfrutamos de la película cotidiana que es la carretera. Al cabo de más o menos 1 hora llegamos a destino, y tras dejar los bártulos en el hotel ya reservado el día anterior (habitación “doble” por 150 birrs, con los habituales cortes de agua –fría- y luz) nos acercamos al mercado. Obviamente, docenas de niños del pueblo estuvieron siguiéndonos todo el tiempo, sin dejarnos un segundo las manos libres. De mí no se despegó en ningún momento una niña konso, muy guapa y simpática, que como todos ellos, pedía “shoes”. Pero no insistió mucho, la verdad. Su madre andaba por allí, trabajando en el mercado, y me la presentó. Era una mujer muy agradable y educada. Mis compañeros se tomaron un café es un puestito, fue un momento de sosiego porque parecía ser un lugar que los niños respetaban, y el acoso cesaba al entrar en el pequeñísimo local (2 bancos y una tejabana). José Luis acabó comprando unas camisetas a 2 encantadores hermanitos, Isaac y Setato, que después de eso ya no se separaron de él hasta que llegamos el hotel, y ellos, junto con el resto de niños que nos seguían acompañando, tuvieron que quedarse a las puertas porque no les permitían la entrada.

 

          Este es el momento en que tuvimos otra escena. Nos exigieron una tasa de 150 birrs por la visita guiada al mercado. Explicamos que no habíamos solicitado guía, sino que se había pegado a nosotros sin quererlo, y que eso era una extorsión. Finalmente, Sora se hace cargo de pagar el servicio.

 

            Salimos nuevamente a dar una vuelta por el resto del pueblo. Buscando dónde tomar una cerveza (a un precio que no se duplicara por ser faranji), acabamos de la mano e Amaia en un garito local donde permanecimos casi 3 horas mano a mano con los locales, miembros de las tribus hammers y bannas que habían acabado su trabajo en el mercado. Las mujeres cosían, bebían y pelaban verduras en animada charla, los hombres andaban de un lado para otro también bebiendo y saludándose unos a otros, algunos se acercaban y nos hablaban. Fue un momento hilarante cuando Tripu ofreció su cigarrillo a un abuelo manifiestamente achispado y éste estuvo a punto de metérselo en la boca ¡por el lado encendido! Como si nunca hubiera visto uno. Entonces nos enseñó una cajita en la que guardaba alguna especie de hierba en polvo, que nos enseñó que se esnifaba. Los que tenían hambre acabaron pidiendo a la eficiente encargada, que hablaba algo en inglés, algo para cenar allí mismo. Algunos probaron el brebaje que estaban tomando los locales, la verdad sea dicha, con aspecto menos que atractivo. Se llama cheeka. Dicen que sabía como si fuera rebujito. Isaac y Setato nos habían seguido hasta allí, y parecían conocer a uno de los banna, un hombre joven y bien plantado, que había estado hablando con nosotros antes. Se abalanzaron los 2 a un tiempo sobre él, abrazándolo afectuosamente, y le debieron decir que JL les había comprado las camisetas, porque el hombre se dirigió a él agradeciéndole encarecidamente el gesto. Dedujimos que sería su tío o un familiar muy cercano, porque varias personas nos habían dicho que el padre de los niños había muerto, y estaban a cargo únicamente de su madre, que debía ser ciega. ¿Verdad, o un truco para enternecer las almas de los turistas provistos de dólares?

 

            Ya anochecido, regresamos al hotel. Estos tienen ganas de marcha y se meten de cabeza a un bar (lo que equivale a decir un puti) cuya música atronaba en la calle desde varios metros antes de llegar a la puerta. Yo tenía desde hacía horas la espalda bastante dolorida y la idea no me pareció muy atractiva, preferí esperarles en la calle. Pero no se entretuvieron mucho tiempo.

 

            A las 20:00 siempre se cortaba el agua y la luz. El agua es posible que te la conecten si la pides insistentemente. Lo de la luz no parece ser posible. Cae una chaparrada por la noche, pero la temperatura es ideal.

 

CAPÍTULO VI. VIERNES, 27 DE AGOSTO

            4 a.m. El imam llamando a la oración a través de los altavoces de la mezquita, hasta las 8 a.m, ininterrumpidamente. ¡Que me den un kalasnikov!

 

            Desayunamos en el hotel, lo que allí ofrecen (el habitual café/té con scrumble eggs, tostadas y pancakes que las chicas untan de Nutella…) y la fruta que compramos el día anterior en el mercado (las pequeñas piñas estaban buenas, pero las esperábamos más dulces).

 

            Nos esperan 3 horas de jeep hasta alcanzar la bifurcación (a 7 Km. de Turmi) que seguimos hacia Kolcho, a las orillas del río Omo. Tomada esta carretera, nos lleva otras 2 horas llegar hasta este poblado de la etnia karo. El paisaje es interesantísimo, continuamente cambiante: del verde al amarillo de la sabana, pasando por los caldera de la tierra, los ocres, los dorados de la hierba…vimos hormigueros que superaban incluso en altura a algunos de los árboles que los rodeaban…surcos en la tierra seca que las lluvias torrenciales convertían momentáneamente en cauces de ríos improvisados…Hasta que al final…una panorámica impresionante y sorpresiva del río Omo apareció ante nuestros ojos. No lo esperaba así, tan inmenso…y tan mágico. Desde las altas y escarpadas orillas del río en ese punto, lo contemplamos, azotados por el viento, que levantaba la arena de sus riberas.

La visita al pueblo fue otra interesante experiencia. Como siempre rodeados de niños, pudimos ver cómo amasaban el tef, la semilla que constituye la base de su alimentación, y de la que hacen la injera. Curioseamos el interior de sus chozas. Vimos cómo se preparaban, quienes no estaban ya ataviados con toda su parafernalia tribal, para captar nuestro interés…y el objetivo de nuestras cámaras. Los karo son reconocibles por su elaborada pintura corporal. En este pueblo, un pequeñuelo de no más de 3 años no se separó de mí. Y lo curioso es que en ningún momento pidió nada, tan solo se deshacía en sonrisas (salvo en el momento en que me saqué una foto de recuerdo con él, que se puso muy serio) y jugaba encantado conmigo.

 

            Tras abandonar el pueblo, otras 2 horas es lo que nos separa de Turmi, parada final del día. Aunque la propuesta de la agencia era hacer noche en tienda de campaña, que llevábamos todo el viaje cargando en la baca, la mayoría decide que será más cómodo un hotel, y tras informarnos de todos modos en el camping sobre la opción de los bungalows (60$ el triple) nos encaminamos al Tourist Hotel. Sin embargo, al ver el aspecto de las instalaciones, del hostal, parece haber unanimidad en que el camping es mejor opción. Al menos, más limpia. (Aunque no te dejen condones en la mesilla de noche, como en el tourist, dato adicional para reforzar nuestra impresión de qué clase de actividad alternativa se daba en el susodicho hotel). Así pues, acabamos montando el campamento en el Evengadi Campsite, 100 m. más allá del Tourist Hotel y su colindante, el Green Hotel (éste, abiertamente prostíbulo). La verdad es que yo hacía años que tenía mono de camping, y ciertamente éste era de los más agradables. Estábamos solos (sólo había otra tienda de 2 chicas que se fueron a la mañana siguiente). Los baños eran básicos pero limpios, con los lavabos al aire libre. Tuvimos que poner a secar algunos colchones y sacos que estaban algo mojados a causa de alguno de los chaparrones, pero estuvieron secos ya para la hora de acostarse.

 

            Fuimos a cenar al Tourist, por recomendación de Dari. El precio era el normal, pero había bastante poca variedad de platos: arroz, pasta y tortillas varias. Fueron muy lentos en servirnos. Al menos, para amenizarnos, nos pusieron el Zumbara.

 

            Para alcanzar el camping desde el pueblo había que atravesar el lecho seco de un río, en el que se había formado una auténtica playa fluvial. Es un lugar que me gustó mucho.

 

Expresiones básicas en amárico:

Amassa g’nalo= gracias.

M(a)nam aid(è)= de nada (Schik’rela, no sé si es otra forma de decirlo en amarico, o en el idioma local en las Simiens, al Norte).

CAPÍTULO VII, SÁBADO 28 DE AGOSTO

            Salimos a las 6 de la mañana en ruta hacia Omorate. Cruzamos el check-point (se considera éste un punto fronterizo, dado que más allá del Omo, hacia las fronteras con Kenia y Sudán, no hay población regular, solo tribus). En el pueblo tomamos unas canoas tradicionales para cruzar el río y alcanzar el poblado dassanach. La canoa, a precio muy turístico, nos cuesta 60 birrs por persona (una lancha a motor sale por 70). Se valen de que es el único medio para atravesar el río, hasta tanto se termine el puente en construcción, cuyas obras no están muy avanzadas. También aquí es obligatorio contratar los servicios de un guía. Los niños son aquí tan pesados como en cualquier otro poblado. Pero además hace calor, calor africano, y se agradece finalizar la visita al poblado y volver a cruzar el río hasta el pueblo, donde antes de volver a coger el jeep nos tomamos un café de desayuno, que aún teníamos pendiente.

 

            En el camino de regreso hacemos una parada de 2-3 horas en Dimeka, para ver el mercado semanal. Está muy concurrido, y es más pintoresco y colorido si cabe que los que habíamos visto hasta entonces, Aquí adquirí uno de los típicos asientos tribales tallados en madera, que son a la vez reposacabezas, y que los hombres llevan junto a su palo a todos lados. De un precio inicial de 200 y hasta 250 birrs conseguí dejarlo en 60, sin más esfuerzo que el normal. Tripu conseguiría el suyo por 40 birrs, ya arrancando el jeep. Mientras esperaba a los amigos, me senté un rato junto a un árbol y no tardé en verme rodeada de niños y adultos que mostraban mucho interés por la guía de viaje que estaba leyendo, así que estuvimos viendo juntos las fotos, y los mapas, y charlando de la manera que podíamos, cada uno en nuestro idioma.

 

            De vuelta a Turmi, asistimos a la ceremonia del bull jumping. Se trata del paso de los adolescentes varones de la etinia hammer a la edad adulta, requisito indispensable para poder contraer noviazgo y posterior matrimonio. Se suele celebrar por esta época en todas las familias. Consiste en saltar por encima de una hilera de vacas alineadas. Los chicos van desnudos, con apenas algún abalorio tribal y un llamativo peinado a lo afro. Las mujeres de la familia, para demostrar asimismo su valentía y fortaleza, son azotadas con una rama de árbol por el varón, y cantan y bailan en corro incesantemente. Los golpes son reales, lo prueban sus espaldas sangrantes. Parecen estar en una especie de trance provocado seguramente por algún tipo de bebida. Los golpes no son extremadamente violentos, incluso se ve que los hombres procuran darles solo simbólicamente, pero algunas hasta piden más golpes y con más fuerza, mientras los azorados muchachos insisten en que es suficiente y ¡hasta pretenden salir huyendo…! En esta ocasión saltaban 2 muchachos. A la ceremonia asistían más blancos aparte de nosotros, casi una treintena, entre ellos unas señoras españolas de cierta edad, y 2 parejas (holandeses o alemanes y sudamericanos, que viajaban juntas con sus respectivos hijos, y a quienes encontraríamos en los sucesivos destinos del viaje). Una de las niñas se mareó al ver la sangre, y su desmayo causó tanta curiosidad entre los hammer (que se congregaron todos a su alrededor), como ellos nos causaban a nosotros.

 

            La escena era realmente pintoresca, colorida y auténtica. Ellas sentadas por un lado, cantando, amamantando a sus hijos, ellos sentados por otro lado, charlando. Algunos pintando a los chicos que saltarían, mientras sus hermanas, madres, primas, bebían y danzaban. De la vaguada seca del río donde estaba discurriendo la fiesta, una vez que habían acabado de pintar y acicalar a los saltadores, todos en comitiva se dirigieron hacia un claro donde se llevaría a cabo el salto. Nosotros y los demás turistas también les seguimos. Obvio decir que también aquí hay que pagar a un guía, que en esta ocasión fue un chico muy joven cuyas explicaciones, contradictorias, no colaboraron mucho a que averiguáramos el sentido de la ceremonia. El precio de ésta, por cierto, es de 200 birrs por persona, innegociable. No sé exactamente qué dinero llegará a las familias que celebran la ceremonia, y cuánto exclusivamente a los bolsillos de los guías y acaso al Gobierno.

 

            En el claro donde se detuvo la caravana, mientras los hombres disponían a las vacas en la posición adecuada para el salto, levantando una considerable polvareda, las mujeres seguían con sus danzas. Finalmente los chicos saltaron, primero en un sentido, luego en otro. No parece una gran proeza física, la verdad, si bien es algo muy vistoso. Después de esta fase de la ceremonia, las familias se dirigen a sus respectivos hogares al banquete. Pero esto ya es una parte privada del festejo y los europeos nos volvemos a lo nuestro después de 3 horas de una experiencia inolvidable.

 

            De regreso aprovechamos para ver el pueblo, que aún no habíamos recorrido…rodeados de niños que se van uniendo a nosotros a nuestro paso, en palabras de José Luis, cual flautistas de Hamelin. Coronamos con una cervecita en el puticlub del pueblo (uno de tantos, supongo), el Green Hotel. Parece que en este país cualquier lugar donde te ponen una cerveza y no tiene el menú en inglés es al mismo tiempo un lugar de pilinguis. Esto se advierte en unas ocasiones de modo más obvio que en otras. Y en esta era obvio. ¡Pero era el único sitio donde tomar una cerveza (y por 10 birrs)! Y no resulta chocante nuestra presencia en estos sitios, parece que al faranji todo se le tolera y se le reconoce como normal.

 

            Como no nos apetece cenar en el Tourist, por recomendación también de Dari escogemos cenar en el Busca Lodge. Es un hostal con posibilidad de camping y bungalows, pero bastante más caro que el Evengadi. También en este era posible cenar, avisándolo con antelación (supongo que para que se aprovisionaran de comida, puesto que éramos casi los exclusivos clientes). Pero como nos gusta movernos…pues salimos de nuestro camping para dar un paseo nocturno que acabó haciéndosenos algo largo, pues la oscuridad era absoluta y no estábamos seguros de haber tomado el desvío correcto. A 3 Km. estaba, sin embargo, el Lodge, muy chic y con un excelente surtido de platos. Allí se alojaba el turismo de no mochila, y algún chofer de jeep y guía, que se muestra muy asombrado y divertido de que hubiéramos llegado hasta allí andando y no conducidos por nuestro guía. Se ve que Dari ya nos conocía y se figuró que su sugerencia de acercarnos sería rechazada…Cenamos muy a gusto, y aunque más caro que en otras ocasiones, sin duda a un precio irrisorio en comparación con Europa.

 

            La comida reposada y la cena paseada, dice el refrán, así que otro paseíto a la luz de la luna (es un decir, no se veía más allá de los que iluminaban nuestros frontales). En la negrura de la noche oímos voces, eran hammers de regreso a su poblado, y algunos niños se nos unieron un rato. En la oscuridad nos pasamos de largo el camping, cuyas luces se apagan religiosamente a las 22:00 de la noche, y tuvimos que retroceder. El agua también se corta a horario fijo, y es preciso pedir que te la abran.

 

CAPÍTULO VIII. DOMINGO, 29 DE AGOSTO


            A las 8 de la mañana ya estamos desayunados (en el camping nos preparan un desayuno abundante por 195 birrs), y nos dirigimos, regresando ya hacia al Norte, a Weyto vía Arbore, el último poblado que visitaríamos. Un abuelo insistió en meternos en su casa y en que fotografiáramos a su familia (por motivos obvios), pero luego pedía también de modo brusco el pago por no sé qué otro motivo que preferí ignorar. Y que con esas maneras no pagamos, obviamente.

 

            En la parada técnica en Weyto, en el lugar de la vez anterior, mientras tomamos un café/té y Dari almuerza (el horario etiope es europeo, pero todo el mundo sabe que Spain is different), cerramos definitivamente la ruta: visitaríamos Yabello, y no prescindiríamos de las Bale. Esto, que ignoraba Dari, era lo que había dado lugar a previos malentendidos sobre el ritmo del viaje, y él se excusaba por su humor sombrío y algún comportamiento tirante que hubo por este motivo. Parece que todo está arreglado, y somos de nuevo “Sora family”

 

Clase de amárico:

1= ant                                                 rápido=fatènett

2=uhle(t)                                             adiós= ciao (herencia de la ocupación italiana)

3=sozt                                                 hola=salam

4= harat

5 =amist

 

         Comemos en Konso, en el hotel donde nos alojamos a la ida. Allí compro un par de pulseras de pelo de jirafa a mis sobris mayores. Las consigo a 20 birrs cada una. Dari se muestra nervioso porque quiere llegar a Yabello antes de la noche, pero es imposible que nos sirvan más rápido las comidas, parece que si eres blanco tardan 3 veces más en sacártela, o probablemente sea porque lo único que sacan inmediatamente es el plato del día y nosotros siempre pedimos uno de cada, variado, para probar de todo.

 

            En el trayecto hasta Yabello nuevamente pasamos por una transición de paisajes espectaculares, y podemos avistar, desde el jeep, un hermoso atardecer. Lo más curioso que vimos es un mercado de dromedarios. Los niños salen a la carretera a vendernos las estatuillas que ellos mismos fabrican, las wakas. La verdad es que con más calma hubiera comprado alguna, porque el precio era irrisorio (5 birrs por 2) y eran preciosas. Entramos en Yabello ya una vez anochecido. El trozo de carretera que cruza la ciudad está asfaltado, y Dari se debe creer Hamilton, porque cruza el pueblo, hasta el motel donde nos alojamos, a una velocidad de vértigo y obligando a todo el mundo a retirarse de la calzada a puro pitido. Cuando llegamos, él se santiguó, cosa que no había hecho nunca, de modo que no nos quedó muy claro cuál era el peligro que nos acechaba por haber conducido el último tramo del camino de noche (cosa que hizo el primer día sin que le generara tanto estrés).

 

         Dari nos lleva primero al Yabelo Motel, con un agradable jardín-terraza donde tomamos unos deliciosos cafés y tés, y más baratos incluso que otras veces (cerveza 8 birrs, cafés 3, té 1). Sin embargo, la tarifa por dormir nos parece cara, y vamos a la pensión que hay enfrente, al otro lado de la carretera. La habitación con cama doble cuesta 120 birrs (100 si la ocupa 1 persona). Los servicios están fuera de la habitación. Son una caseta de uralita con un agujero en el suelo de tierra, que sin embargo creo que son los baños que menos olían de todo el viaje. Las duchas estaban también fuera de la habitación, al otro lado de la construcción. La pensión tenía agua y luz durante toda la noche.

 

            Una vez instalados, Dari nos lleva al centro de la ciudad, donde queremos cenar algo. Está a unos 5 km. Nos asegura que no hay peligro en volver andando de noche, aunque se muestra asombrado y divertido por nuestra nueva ocurrencia. Nos señala un lugar donde tomar unas cervezas, y nos lleva a comprar pan. Luego se retira, no sin darnos su número de teléfono por si no encontramos tuc- tuc para volver (los pequeños motocarros típicos de la India para el transporte de pasajeros) y necesitamos que venga a recogernos.

 

            En la ciudad se nos pega, cómo no, un estudiante empeñado en hacernos de anfitrión (veremos por cuánto nos sale). Habla muy bien inglés y dice ser estudiante de medicina. Nos indica un sitio donde cenar, que la verdad era un buen lugar, y nos acompaña al puti del día, donde, para celebrar el cumpleaños de Tripu y Mariaje, nos echamos unos bailes. La verdad es que es curioso, los chicos no se te acercan a bailar, sino que bailan entre ellos, y quienes te incitan a bailar son las chicas del local … Salvo el estudiante, que le cogió gusto a bailar con Mariaje. La vacilamos diciéndole que era el boy que habíamos contratado como regalo de cumpleaños. Pero parece que Mariaje prefería devolver el regalo y cambiarlo por otro, je, je. Salimos cuando ya estaban a punto de cerrar.

 

              Y claro, era ya tan tarde que no había tuc-tucs para regresar. El presunto co nos busca un colega que nos lleve en su jeep. Pero pretende cobrarnos 100 birrs, lo que nos parece abusivo, y en lo que estamos negociando se amontona gente a nuestro alrededor, unos chicos advierten a Mariaje y Garbi contra el estudiante y su colega, con lo que empezamos a desconfiar, y no nos ponemos de acuerdo sobre si pagar al coche o ir andando de regreso a la pensión. Intentamos llamar a Dari, pero nuestros móviles no permiten hacer llamadas; entonces, el estudiante nos ofrece el suyo, pero no tiene saldo. Él insiste en volver a donde su colega prometiéndonos que le convencería de rebajar el precio, y se marcha instándonos a que le esperemos allí. Pero decidimos finalmente ir andando. Y coincidimos con un par de chicos que vuelven de marcha, y que nos inspiran más confianza que todos los que se arremolinaban a nuestro alrededor poniéndonos la cabeza como un bombo. Nos aseguran que no hay peligro en ir andando, y que hasta determinado punto van ellos. Así que arrancamos tras ellos, y al poco la gente que nos seguía se da la vuelta. Entre ellos, el estudiante de medicina, que había vuelto (sin coche) y que tras andar unos cientos de metros escoltándonos se despide educadamente.

Al final tardamos 1 hora en regresar. Al día siguiente mi tobillo, aún sin recuperar del todo de una lesión de semanas atrás, mientras hacía  el Camino de Santiago, se sentía resentido.

 

CAPÍTULO IX. LUNES, 30 DE AGOSTO


            Nos levantamos a las 6:30. Al ir a buscar la ropa a la mochila descubrí otra vez a un amigo sapo que había pasado la noche con nosotras. Bueno, eso nos libraría de los mosquitos, supongo…A las 7:30, después de desayunar, estábamos ya en camino a El Sod. Tardamos hora y media en llegar, y como siempre, en cuanto bajamos del jeep, los habitantes del pueblo nos rodearon. En esta ocasión el paisaje era amarillo y más bien desolado, la vegetación era escasa en esta zona, probablemente porque se veía azotada por un constante viento. El pueblo descansa en las orillas de un cráter en cuyo fondo un lago salado da trabajo a los hombres del pueblo, que extraen la sal de él por el rudimentario sistema de sumergirse sin ropa protectora ninguna y con herramientas básicas, y van depositando en cubos de plástico que flotan en la superficie los tocones de sal que arrancan del fondo. En este ambiente salobre, huelga decir que la piel y los ojos sufren sobremanera.

 

            Hay que pagar una tasa de 50 birrs por persona por bajar a las salinas, y otros 50 en concepto de coche más guía. José Luis, Amaia, Mariaje y Garbi afrontaron la dura bajada hasta el lago (más dura fue la subida, y más debido al calor sofocante que a la inclinación del sendero, tampoco despreciable), pero Tripu y yo optamos por quedarnos arriba esperándoles. Nos alejamos algo del pueblo, y nos sentamos en el borde de la depresión, y no tardamos mucho en ser rodeados por al menos una docena de niños. Después del habitual acoso de peticiones, se relajaron y empezaron a mostrar curiosidad por todo cuando teníamos: por nuestro pelo, por nuestros libros, por las cámaras de fotos…se lo pasaron estupendamente posando para las fotos, y sacándose fotos entre ellos. ¡A alguno no se le daba nada mal! También nos cantaron canciones típicas, las niñas bailaron y nos enseñaron a hacerlo como ellas, muy divertidas al ver que intentaba imitarlas, jugamos a las palmas...y en suma pasamos muy buen rato con ellos. Una de las mayores, Darartu, hablaba 4 palabras de inglés, y era de las más listas y sociables. También les encantó el momento peluquería. Mis rizos parecían gustarles mucho, y se lo pasaron en grande peinando la melena de Tripu.

 

            Para cuando subieron las chicas y JL, ya había llegado otro jeep al pueblo. ¡Cómo no, tenían que ser las 2 parejas con hijos que llevábamos viendo desde Turmi! Ellos acapararon la atención de niños y adultos, el relevo de faranjis había llegado y nosotros nos fuimos.

           

            Ese fue día de coche. Pasamos por Dila. El paisaje vuelve a tornar a verde. Se vuelve más frondoso. Volvemos a atravesar pueblos atestados de gente, tráfico denso de buses locales…¡ y un mercado de camellos! Cafetales, más gente, más mercados…

 

            Ya había anochecido cuando llegamos a Awassa, una ciudad en las orillas de un inmenso lago. Nos alojamos en el Gebrekhristos Hotel. Es grande, con un aire de decadencia rayano en la decrepitud. Las habitaciones dobles, de 2 camas, disponen de agua caliente. Aunque en nuestro cuarto, como de costumbre, no funciona, y tanto la ducha como el lavabo se atascan. Al menos el caudal de agua era aceptable. Una de las camas disponía de una mosquitera mil veces remendada, y la otra ni siquiera tenía mosquitera. Pero no parecía haber mosquitos. El precio de todos estos lujos, 150 birrs la habitación.  Antes de la cena nos dimos una vuelta por las calles de la ciudad. Amaia vio una tienda en la vendían CDs que bajaban de Internet a petición del cliente, y allí que me fui a pedir el hit del verano, que no es el “waka waka”, no, ¡sino el “zumbara, zumbara” que oímos en el móvil de Makelele en Dorze! ¡Por fin estaba en nuestro poder! ¡El CD del jeep iba a echar chispas! También nos llevamos otro CD con una selección de música etíope. Cada disco nos costó la friolera de 10 birrs, jeje.

 

            Por iniciativa de JL, fuimos a cenar al Dolce Vita, un restaurante italiano que venía recomendado en la Lonely. No estaba lejos de nuestro hotel, aunque la iluminación de las calles era nula y nos pilló un chubasco. La cena estuvo muy buena. Eso sí, a un precio algo superior al habitual de los restaurantes locales, claro: 400 birrs. Por ese dinero nos solazamos con 3 pizzas, 1 entrante, 3 postres, cafés, cervezas, zumos…y un cuarto de baño impecablemente limpio y totalmente occidental.

 

            A la vuelta, iluminando el camino con los frontales para no caer en una de las múltiples zanjas, alcantarillas o simplemente agujeros que atestan aceras y calzadas de la ciudad, me llevé un pequeño susto por culpa de unos perros sueltos que se pusieron a ladrarnos sorpresivamente en la oscuridad.  Una vez alcanzada la zona iluminada y habitada, JL, Mariaje y Garbi decidieron quedarse a tomar una copa en la calle de bares, en un local que tenía música en directo. Los demás nos retiramos al hotel. Yo, particularmente, me dormía de pie. El portero de noche estaba despierto, pero la recepcionista del hotel no. Tuvimos que golpear fuerte la puerta de recepción para que se desperezara y nos diera las llaves de nuestra habitación. Las chicas y JL volvieron al rato. Parece que nada permanece abierto más allá de las 24:00.


CAPÍTULO X. MARTES, 31 DE AGOSTO


            Hoy toca una ducha a conciencia con lavado de cabeza. Pequeños placeres da esta vida. Desayunamos en el Lewi Hotel, el hotel por antonomasia para los turistas, y al parecer, algún que otro guapo funcionario de la UNESCO. El desayuno es abundante, delicioso, y servido rápidamente por más que solícitos uniformados camareros. Costó 170 birrs.  Además, los servicios estaban muy limpios.

 

            Mientras Dari va al banco (no tenía planeado ir a las Bale y no había previsto este gasto), y en tanto Tripu buscaba un sitio con internet, el resto nos acercamos a ver el lago. Era lugar de pescadores, y muy recomendable para dar un agradable paseo por su orilla. Dari nos recogió al acabar sus gestiones, sobre las 10:00, y nos encaminamos a Goba, hacia las montañas Bale. Pasamos por Shashemene, Dodola… admirando los verdes prados salpicados de las típicas cabañas cónicas. Desde Dodola el asfalto se acaba, y pasamos a una pista de tierra tan frecuentada (por bípedos y cuadrúpedos, no por coches) y tan colorida como es habitual. En Adaba hacemos una parada técnica, precisamente para descubrir los peores baños de todo el viaje. Curiosamente, también era el local donde comimos la mejor injera de toda Etiopía, invitados por Dari. Desde Adaba alcanzamos Dinsho, donde recogemos al que sería nuestro guía en el Parque Nacional de las Bale. La entrada al parque cuesta 90 birrs por persona (Tripu se hizo pasar por el tour lider, porque ellos no pagan entrada) más 220 del guía (pasará 2 días con nosotros, y hay que sufragarle el alojamiento). Aquella tarde, en el paseo guiado de 45 minutos, una domingada, vimos una especie de jabalí, 3 clases de ciervos, y alguna planta endémica.

 

            Dejamos atrás Robe (una población muy cutre) y llegamos a Goba, sobre las 6 de la tarde. Dormimos en el Goba Wabe Shebelele, un hotel gubernamental a 2 Km. del pueblo. Es grande, cómodo y limpio, con agua caliente (no en nuestra habitación, para no variar) pero que nadie espere lujos. Eso sí, no hay cortes de luz o agua. Cuesta 309 birrs la habitación doble.

 

            Mis compañeros se van a ver Goba, pero ya era de noche, y pasear a oscuras por un camino embarrado no me resultaba atractivo, así que aproveché para asearme con calma, hacer una colada y reposar un poco. A pesar de haber mascado una considerable cantidad de chat (unas hojas que se mastican mezcladas con cacahuetes, y que se supone que tienen un efecto estimulante), estaba cansada y adormilada.

 

            Hicimos una spanish dinner en la habitación de Garbi y Mariaje, y nos fuimos a dormir.

 

 

CAPÍTULO XI. MIÉRCOLES, 1 DE SEPTIEMBRE  

 

            Por la mañana desayunamos en el hotel. Un enorme comedor, totalmente dispuesto…solo para nosotros. La verdad es que aquel hotel recordaba un poco, por su aislamiento, sus dimensiones y su desocupación, al de El Resplandor. Solo que quienes lo atendían no parecían desequilibrados, y nos ofrecieron un exquisito desayuno.

 

            Recorrimos 2 horas en jeep ascendiendo por las Bale, hasta la Senette Plateau (4000m), avanzando entre jirones de niebla, hasta que un puente de hormigón, destruido por las lluvias, nos impidió continuar. Aparentemente, el jeep podía vadear el río. Pero Dari estimó que no era posible. Y así debía ser, porque cuando volvimos de subir a un pico cercano, otro jeep había igualmente desistido de continuar el camino. En el ascenso al Dimtu Tika (4.130m) y regresar, invertimos 2 horas y media. Antes, y según despejaba la niebla, habíamos conseguido ver al lobo etíope, una especie endémica. Al bajar, nos cruzamos con una pareja de niños pastoreando, un niño y un niña, totalmente ateridos de frío a causa de sus ligeras ropas y el helador viento que azotaba constantemente. Mariaje y Amaia les invitaron a acompañarnos hasta el jeep, y el chiquillo las siguió hasta el coche, donde las chicas le dieron la manta de Ethiopian Airlines que “alguien” se había “llevado o de recuerdo”.

 

            Otras 2 horas en bajar hasta Robe, donde hicimos una parada para comer un sencillo menú del día (o sea, la única clase de injera disponible en el local). Continuamos ruta, y a lo largo de todo el descenso, por pista de tierra, hasta Adaba -79 Km.- disfrutamos de unas espectaculares vistas de las montañas. Y del atardecer. Comienza a llover con fuerza, y el camino se convierte una vez más en un lodazal lleno de charcos que Dari sortea con maestría. La lluvia arrecia, la procesión de gente por las carretera no cesa a pesar del chaparrón, y acaba de cerrarse la noche, con lo cual una parada técnica para quien tiene necesidad de ir al baño se hace imposible, y alguna se ve en un agobiante pero divertido (para el resto) aprieto, que no vamos a pasar a detallar, pero que quedará en nuestra memoria para siempre ; ).

 

            Pese a que Dari proponía continuar hasta Awassa, las condiciones de conducción no nos parecían las más seguras, así que preferimos pernoctar en Dodola, donde llegamos a las 19:30. El único hotel que a juicio de Dari reunía condiciones dignas para alojarnos (y estaba temeroso de que no nos pareciera adecuado) era el Bale Mountain Motel. 70 birrs la habitación doble. La cama, para 2, era más bien pequeña, pero disponía de mosquitera. La habitación era tremendamente básica, y aceptablemente aseada, aunque se veía vieja, y se notaba humedad. Había otra ala del motel recién pintada, pero el olor reciente a pintura no la hacía aún apta para dormir en esas habitaciones. Nuestro baño, para no variar, se atascaba.

 

            En el mini comedor del hotel nos prepararon una sencilla cena, a base de espaguetis con tomate. Todo servido por un amable camarero que hablaba muy bien inglés.

 

            Éramos, una vez más, los únicos clientes.

 

 

CAPÍTULO XII. JUEVES, 2 DE SEPTIEMBRE


            A la mañana siguiente, el desayuno sería a base de café y huevos. Cuando recogíamos nuestras cosas de la habitación, las chicas de la limpieza nos pidieron abiertamente una propina que no les dimos. También el camarero parecía esperarla. No había sido habitual esta actitud en otros hoteles, no comprendíamos por qué en este sí, dado que no era precisamente el Ritz.

 

            Salimos a las 8:00. Desde Dodola la carretera es asfaltada. Existe una zona donde se suceden y suceden invernaderos. Paramos en el lago Ziway, donde tomamos un cafelito en una cafetería que contaba con unos impecables baños. En la orilla del lago los pescadores estaban limpiando el pescado. La escena no era muy higiénica, pues los restos de pescado desechado se acumulaban por la tierra y el agua, para deleite de los pelícanos, expandiendo un considerable hedor. Abstrayéndonos de esto, las vistas hubieran sido de seguro espectaculares de haber podido adentrarnos más en el lago para mejorar la perspectiva. Pero las lluvias habían anegado un acceso que permitía esto, y no había ningún puente, por lo que tuvimos que quedarnos con las ganas- Eso sí, después de haber apoquinado la correspondiente tasa (simbólica, pero pagada al fin y al cabo).

           

            Llegando a Adis Abeba el tráfico es muy denso, con multitud de camiones, y el aire literalmente irrespirable, intoxicado por centenares de tubos de escape que no conocen la existencia de catalizadores ni gasolina sin plomo. Viajar con la ventanilla bajada era un suicidio (y con la ventanilla subida una sauna). Entramos en la capital a ritmo de Zumbara a todo volumen (de nuevo con parada técnica de emergencia, de nuevo irreproducible, para aliviar vegijas).

 

            Dari nos deja en el Taitu Hotel. Con 140 años, es el más antiguo de la ciudad, y tradicionalmente ocupado por las visitas europeas. La habitación doble en el ala antigua (cama doble gigante y una supletoria individual enorme) cuesta 255 birrs. Incluye lavabo. Son habitaciones enormes, antiguas, con terraza. La triple cuesta 484 birrs. En el edificio antiguo, hay 2 baños comunes por planta (para media docena de habitaciones). Uno lo están remodelando ahora. El otro…digamos que no está a la altura de tan anunciado hotel. Es un poco decrépito, para entendernos. Eso sí, los machiatos aquí son espléndidos.

 

            A 50 m saliendo del hotel, a la izquierda, en unas galerías a las que se accede por una corta escalera y donde hay también una tienda de ropa y un disco-bar, se puede encontrar un local de acceso a Internet, muy barato (0’20 birrs el minuto), muy rápido, y cuyo dueño es tremendamente amable y habla perfectamente inglés. En la calle paralela hay un Dashen Bank donde Tripu, Amaia y yo hicimos un segundo cambio de dinero, 1$= 16’3534 birrs.

 

            Tripu, JL, Amaia y yo comimos en La Cueva, un local cercano que Tripu conocía del primer día en Adis. Garbi y Mariaje, como no les apetecía repetir comida etíope, se fueron por su cuenta a buscar un italiano, donde luego nos dijeron que comieron estupendamente... aunque se negaron a confesar lo que les habían cobrado.

 

            Todos juntos nos tomamos un café en el Music café, un sitio frecuentado por etíopes jóvenes, modernos, y con cierto poder adquisitivo. Nos dimos una vuelta por la zona y avenida Churchill abajo. Esa noche nos acostamos pronto.

            

CAPÍTULO XIII. VIERNES, 3 DE SEPTIEMBRE

 

            Nos levantamos a las 4 de la mañana. El día anterior ya habíamos reservado un par de los taxis que estaban apostadas a la entrada del hotel. El precio negociado fue de 100 birrs. En 12 minutos nos llevaron al aeropuerto (a esas horas de la madrugada, las calles de la ciudad estaban desiertas). Pasamos el control de rigor para entrar en el aeropuerto, que es obligatorio incluso para aquellas personas que no vayan a tomar un vuelo. Entretanto despegaba nuestro avión, desayunamos: 8 birrs por un café, 28 por unas tostadas con zumo de naranja.

 

            El vuelo sale puntual. Y en una hora estamos ya en Bahir Dar. Las guías recomiendan hacer este trayecto por carretera, las vistas deben ser espectaculares, pero no disponemos de días suficientes para hacerlo y nuestra opción fue el pack de vuelos internos (que gozaban de una rebaja si habías comprado el vuelo internacional con Ethiopian Airlines). En el aeropuerto había un empleado del Ghion Hotel con su cartelito identificativo. Como en las guías venía bien recomendado, nos fuimos con él. Una habitación triple cuesta 300 birrs. Son grandes y el baño está perfecto. Cuenta con un jardín y está al lado mismo del lago Tana. El colega que nos había traído se ofrece como guía, y nos ofrece un plan que incluye la visita a los monasterios del lago (4 horas) y una minivan para llevarnos a ver las cataratas del Nilo. Como vamos pillados de tiempo y el precio nos parece razonable (500 birrs+250 por el guía), aceptamos. Pero en la espera hasta la salida del bote, otros guías que estaban comiendo en el hotel nos advierten sobre el que habíamos contratado. No debía ser oficial, y podíamos tener problemas para acceder a algún monasterio, que nos podría obligar a pagar a un guía reglamentario, de los suyos…Ya al momento de tomar el bote comprobamos que quizás la advertencia no carecía de fundamento. Nos habían dicho que íbamos a ir solos…pero íbamos acompañados por una pareja africana, unas chicas, y un francés muy amable, que viajaba con su mujer en autocaravana. El matrimonio llevaba 2 meses atravesando Egipto, Sudán y Etiopía. Nos confesaron que Sudán era el sitio que más habían disfrutado, porque la gente no agobiaba ni pedía tanto como en Egipto y en Etiopía, decían que eran muy respetuosos y guardaban las distancias.

 

            Habíamos quedado en que visitaríamos los monasterios de Kebran Gabriel (éste solo permite el acceso a los hombres), Debre Maryam y Ura Kidane Meret. Sin embargo, el primer desembarco es en una isla que alberga un monasterio que no estaba en el plano, y sobre el que nos habían advertido que no revestía mayor interés, pero que seguro que nos lo pretendían hacer ver. Nosotros nos negamos a pagar para verlo, pero como había más gente en el bote y algunos sí subieron nos tuvimos que quedar esperando. Hubo un pequeño motín y conseguimos que nos llevaran de inmediato al primer monasterio que teníamos programado, el barquero ya haría otro viaje para recoger a los que se habían quedado viendo el primero. De todos modos, finalmente no hubo tiempo para ver todos.  En las islas hay mosquitos. Y para entrar a los monasterios hay que descalzarse, y las alfombras que cubren los suelos…digamos que dan un poco de asquito. Pero esto no es lo peor: Las picaduras que yo atribuí a mosquitos descubrí más tarde que eran de pulgas. Las esperábamos en Lalibella, pero aquí nos pillaron desprevenidos, y sin nuestras correas antipulgas.

 

            De vuelta en el hotel, disponíamos de 20 minutos para comer, si queríamos ver las cataratas antes de que anocheciera. La comida en el hotel era sensiblemente más cara de lo habitual, y además sospechábamos que el servicio iba a ser tan “raudo” como de costumbre, así que decidimos comer unos bocatas en las habitaciones. Hay que apuntar que en el hotel había que repetir 300 veces cada petición para que te atendieran: que pongan las mosquiteras, que traigan la toalla…

 

            El trayecto en minivan hasta las cataratas duró una hora. Lo compartimos con el francés y su esposa, que nos contaron que en otro viaje habían rodado un documental. Cae una ligera llovizna, pero luego despeja y podemos ver con claridad las cataratas (pervio pago de entrada). A pesar de la presa construida hace un par de años, que ha disminuido el caudal del río, ese día las compuertas están abiertas y la caída es suficientemente espectacular. No disfrutamos, sin embargo, del arco iris que parece ser aparece todas las mañanas, cuando el sol matutino atraviesa las partículas de agua en suspensión. Además, la lluvia ha dejado todo el camino muy embarrado, lo cual da la excusa perfecta a un “estudiante” muy pesado, curiosamente de al menos 40 años, para insistir constantemente en ayudarme a no resbalarme, y pedir luego con total desfachatez dinero por la ayuda que yo no había podido evitar por no mostrarme maleducada. El paseo hasta el punto desde el que se contemplan las cascadas lleva más o menos una hora larga. Al regresar, las chicas paran en unos puestitos de souvenirs y compran unos pañuelos, unas flautas y unas fiambreras hechas de piel de cabra. En la hora de furgoneta de vuelta se echa ya la noche, y se reinicia la lluvia, esta vez con más fuerza.

 

            En la ciudad vamos a cenar al Enkutatas, un sitio altamente recomendable, muy bien decorado, donde el surtido de comida es amplio, todo está delicioso y es más barato aún que lo que veníamos pagando. Amén de que el risueño camarero que nos atendió se deshacía en atenciones con nosotros: acompañó a Amaia a otro local a por un zumo, me limpió muy solícito (casi demasiado) cuando Tripu derramó sin querer mi cerveza sobre mi última ropa limpia, y hablaba aceptablemente inglés.

           

            Esa noche pagamos las habitaciones, restando lo de más que había cobrado nuestro guía oficioso. Dado que era teóricamente del hotel, que arreglaran cuentas entre ellos. (De hecho, se habían ofrecido a hacerlo cuando nos advirtieron de que podrían no dejarle entrar en ciertos sitios de interés). Al menos el conflictivo guía hablaba muy bien inglés e hizo sus funciones.

 

CAPÍTULO XIV. SÁBADO, 4 DE SEPTIEMBRE

 

            Al día siguiente, una minivan que habíamos contratado la tarde anterior (por 75 birrs/persona) nos recoge para ir a Gondar. La furgoneta llegó tarde, y el chófer se negaba a arrancar hasta que saldáramos cuentas con el guía del día anterior. Al final salimos a las 7:45 en lugar de la las 7:00, que es lo que estaba previsto. El sobreprecio que nos supuso contratar una furgoneta para asegurarnos de que salíamos cuando nosotros quisiéramos, y no cuando se llenase, (35-40 birrs era la tarifa oficial) no nos sirvió para nada. Igualmente, la primera parada que hizo la furgoneta fue en la estación de autobuses, para recoger a más pasajeros: lo único que nos ahorramos fue ir andando hasta allí.

 

            Eso sí, la furgoneta estaba impecable, los locales no metieron gallinas, y el conductor tenía una selección de música tolerable, incluyendo el waka waka, que coreamos para deleite de más de una pasajera autóctona.

 

            Llegamos a Gondar a las 12:30 y después de preguntar en las taquillas oficiales de la estación, una funcionaria de malos modos nos indica que no hay autobús a Debark hasta el día siguiente. Pero Amaia localiza a otro más amable que le dice que está a punto de salir uno, y nos lleva hasta él.

 

            Resulta estar allí un chavalito de rastas angloparlante (David, nos dijo que se llamaba), que ya había venido en la minivan con nosotros, y se había ofrecido a buscarnos un bus a Debark. Por 50 birrs nos hace hueco (echando a la calle a otros viajeros, nos pareció) a nosotros y a nuestras maletas. El autobús es una merienda de negros. Va atestado y hay un griterío monumental.  Pero luego resulta que el bus se avería antes de salir. Tenemos que bajar todos, y la gente se apelotona a las puertas de otro que parece que va a sustituirle. Pero nos advierten de que no será inmediata la salida, que ya nos avisarán. Así que vamos a la cafetería a comer. El único plato del menú del día es una especie de huevos rotos con pimentón y picado, que a todos nos encantaron. Acompañados de un pan superbueno.

 

            Finalmente recolocan a los pasajeros en el otro autobús y partimos. David ahí ha estado, velando por nuestros sitios…y sorprendentemente no nos pide nada a cambio, más que le avisemos cuando volvamos en 3 días, para buscarnos alojamiento en Gondar (nos recomendaba 2, uno de ellos catalogado en la Lonely).

 

            En el trayecto hasta Debark el autobús hace al menos 6 paradas, para control policial. En Etiopía se toman muy en serio no permitir que viajen en los autobuses más pasajeros que las plazas disponibles, así que más o menos se respeta, pero entre control y control que ellos ya tienen localizado, algunos montan de pie por un breve trecho, y los apean antes de llegar al siguiente control. A veces incluso intentan camuflar a algún chavalillo, que no abulte demasiado, bajo los asientos. Surrealista. En algunos controles hacen bajar a los hombres para cachearlos, y registran someramente los equipajes (en busca de armas, parece ser).

 

            Además de los locales y nosotros, en el autobús viajaba un pareja israelita. La chica parecía cansada y era poco comunicativa. El chico, muy risueño, había entablado conversación con Amaia al principio del trayecto. En uno de los controles, la policía le preguntó cuánto habíamos pagado por el billete. Estaban controlando que no se cobrara sobreprecio al turista. Pero claro, ese sobreprecio era precisamente el que nos había asegurado plaza…No tuvimos que vernos en la tesitura de responder, porque el poli se dio por satisfecho con la respuesta del israelí, que dijo la verdad. En todo caso, no vimos que a nadie multaran, ni que nos devolvieran el dinero pagado de más…

 

            En el autobús viajaba una mujer muy guapa con su hijo pequeño. Estaba embarazada, pero nadie se levantó para ofrecer un asiento más cómodo (viajaba acomodada sobre el resalte de la rueda). Son otras costumbres. Luego, montaron 2 chicas a las que hicieron sentar apretujadas en el mismo asiento. Tripu ofreció el suyo a una de ellas, y el pica, un jovenzuelo, se le encara por el gesto. Pero Tripu es Tripu y claro, hizo lo que quiso.

 

             Total, que el viajecito tan animado duró 5 horas, y llegamos ya anocheciendo a Debark. El pueblo tiene una pinta cutre. La pareja israelí se queda a dormir en el Simien Park Hotel. Pero nosotros esa noche preferimos tener el baño dentro de la habitación y agua caliente (aquí las temperaturas son más bien frescas para ducharse de madrugada en plena calle) y previa ronda de inspección vamos 300 metros más allá, al Imet Gogo. Las habitaciones en éste se inundan, pero hay agua caliente y los baños están limpios. Hay ordenador, aunque sin conexión a Internet. La habitación doble cuesta 200 birrs.

 

            Un guía nos perseguía desde que nos bajamos del autobús, para ofrecernos jeep que al día siguiente nos llevara hasta Sankabar, punto de comienzo de nuestro breve trekking de 2 días. Oímos su propuesta, más tarde nos informamos en los 2 hoteles, pero aún así preferimos informarnos al día siguiente en el cuartel oficial del Parque, y no cerramos nada todavía.

 

            Esa noche fuimos a cenar, muy bien y muy barato (aunque el camarero era un poco gili), al Simien Park Hotel. En el restaurante del hotel estaban, junto a otros compatriotas sobrinos del dueño del hotel, la pareja de israelíes, eufóricos a cervezas, y supongo que también bajo los efectos de los porritos que antes nos habían ofrecido.

 

            Al regresar a nuestro hotel, nos estaba esperando el guía que nos había ofrecido sus servicios. Nos ofertaba el paquete por 280$. Sin embargo, preferimos contrastar la información en el lugar oficial, y lo despedimos, agradeciendo su interés.


CAPÍTULO XV. DOMINGO, 5 DE SEPTIEMBRE


            A las 8:00 ya estamos comprando las provisiones (fruta, pan, agua, frutos secos, galletas…que acompañaríamos con spanish food). En las oficinas del parque nos dan las tarifas oficiales de acceso al Parque, pero nos explican que el jeep es privado, y hay que contratarlo aparte. Entonces volvemos a buscar al guía de la noche anterior, pero ya no nos ofrece sus servicios. Acabamos contratando en la headquarters: 40 birrs al día por un scout (obligatorio), 50 por persona en concepto de tasa de acceso al parque. Consideran que son 3 días, y no 2, por alguna inexplicable fórmula cuántica que no alcanzamos a entender. Pero se muestran inflexibles al respecto. Debemos además comprar nosotros mismos los sacos y cuerdas para llevar los bultos en 1 mula. Otra la contrataríamos como refuerzo en caso de que mi aún no recuperado tobillo me impidiera continuar andando. Por una furgoneta que nos llegaría a Sankabar nos pidieron no recuerdo cuántos $. Tenía capacidad para 2 personas más, pero el conductor no permitió que vinieran con nosotros los 2 israelitas que habíamos vuelto a encontrar mientras ultimábamos los preparativos, y que aún no tenían organizado nada.

 

            La minivan, tras 20 minutos, nos deja a un escaso Km. de Sankabar, pues los profundos charcos y el barro la impiden continuar. Hubiéramos necesitado un jeep para sortear ese tramo. Allí mismo cargamos la mula, que emprende camino por su cuenta hasta el refugio donde haríamos noche. Y emprendemos la marcha.

 

            Fanti, el scout, apenas habla, literalmente, 2 palabras en inglés, pero se hace entender. Es amabilísimo, y muy profesional. Pone interés en enseñarnos las cosas dignas de llamar nuestra atención. Si bien emprendemos la caminata sumidos en una profunda niebla, a lo largo de las horas va disipándose y podemos apreciar el paisaje, si bien hay zonas que se nos ocultan a la vista, especialmente en los bordes de los acantilados.

 

            En los campos, los niños pastores venden artesanías (vasos hechos de cuerno, hondas trenzadas con cuerda…). Aquí contratamos la segunda mula (Bula), conducida por un chavalín supermajetón de 12 años llamado Kabriel. Muy alto para su edad, muy guapo, y muy sociable. Nos cuenta, muy orgulloso, que tiene una hermana pequeña que es la primera de su clase. Que su hermano mayor es granjero, pero que es una vida muy dura y que él prefiere estudiar para hacerse profesor. Nos cuenta que vive en un pueblo detrás de las montañas que estamos viendo, y que tarda casi 3 horas en llegar a la escuela en Debark, pero que le gusta mucho, porque allí aprende para ser maestro el día de mañana, porque hay luz (en su pueblo, dice, no hay electricidad y cuando anochece ya no puede leer), y porque les ponen películas en versión original para que aprendan inglés. Sí, sí, les ponen películas en…”I don’t know the word in english, in amarich we call it…”plasma”. ¡Toma ya! En Etiopía la TV se llama plasma, eso es subirse al tren de la modernidad: ¡al último vagón, vamos!

 

               (Frase para hacer avanzar a la mula: “Issshi, Bula”= ”go, Bula”)

 

          Durante las 5 horas de caminata vemos monos, cascadas, pájaros, vadeamos un río…Ya atardeciendo y bajo un ligero chubasco, llegamos a Geech. Rebasamos el pueblo hasta alcanzar el refugio, de adobe y chapa. La verdad que no tenía muy buena pinta. Azotaba un fuerte viento, e intuimos que la noche en esas condiciones iba a ser bastante fría. El albergue tiene el piso de tierra, unas sencillas estructuras metálicas que hacen las veces de camas, y los colchones están apilados sobre el suelo de la cocina. Temimos que estuvieran totalmente enmohecidos y plagados de bichos, pero para nuestra sorpresa estaban totalmente secos, y hasta la ropa de cama olía mejor que la que encontramos en algunos de los hoteles que veníamos utilizando. Así que se nos pasó el susto inicial. Una vez montadas las camas (hacía tanto frío que decidimos compartirlas para poder usar 2 mantas en cada una de ellas, y juntarlas todas en 1 de las 2 habitaciones), salimos a dar una vuelta hasta el campamento que había más adelante, mientras Fanti, Kabriel, el dueño del refugio y más gente del pueblo se quedaba allí, animadamente reunidos y jugando a las cartas. En el camping había más faranjis, un grupo de jóvenes asiáticos. Y en las duchas, al aire libre, del camping (al lado del lodge solo había letrinas, limpias, eso sí), las arrojadas Amaia y Garbi se dieron una ducha. El resto recurrimos a las prácticas toallitas húmedas.

 

            Mariaje y Garbi se entretuvieron ensayando dantzas. Cenamos alrededor de una hoguera. El avispado dueño del refugio cobraba cada carga de leña 15 birrs, y prefirió pelarse de frío hasta que se la compramos y encendimos el fuego, al que rápidamente se arrimó, claro. El plato fuerte fue unos pintxos de tocino que Mariaje había llevado consigo de contrabando y con los que nos sorprendió más que gratamente. Alguno de los locales presentes lo probó, pero por lo general rechazan cualquier alimento de cerdo que les ofrezcas. ¡Y nosotros era lo único que teníamos para cenar! Luego nos prepararon café (pagado de nuestra cuenta, claro, del que también se sirvió el dueño (que nos escatimaba el azúcar y no quería darle agua a Kabriel para que se preparara un té. Tuvimos que darle de nuestras botellas). No solo eran estos “detalles”, es que ya nos había cobrado por 6 camas (40 birrs la cama) cuando 1 estaba inutilizable. Un mal bicho, vamos.

 

            Sumadas a las picaduras que ya traía desde Bahir Dar en los tobillos, otras en las piernas y un montón en la cintura, hacían un total de 75. No podía evitar rascarme de tal manera ¡que parecía que tuviera la sarna!

 

            Ya anochecido, cayó un tormentón espectacular, con despliegue de rayos que contemplábamos desde la hoguera, bien arrejuntados los unos a los otros para protegernos del viento helador.

 

            Cuando murió el fuego y no había ya más leña para reavivarlo, nos fuimos a la cama. Con toda la ropa que teníamos puesta, en capas, y aún así ateridos de frío. Pero una vez bajo las mantas la cosa no era tan mala. De todos modos, debíamos haber alquilado sacos, aunque en las oficinas del Parque nos dijeran que no serían necesarios, que con las mantas era suficiente. Nosotros estábamos pasando frío con forro polar (si bien de los finitos), chubasquero, mantas…Mientras los etíopes presentes tan solo disponían de una manta o algunos ni eso, tan solo una toalla, para envolverse y protegerse del viento…

 

            El dueño del lodge durmió en la cocina. Fanti con nosotros, en la habitación, aunque rechazó la cama que le ofrecimos y prefirió dormir en el suelo.

           

CAPÍTULO XVI. LUNES, 6 DE SEPTIEMBRE

           

            A las 7:30 partimos camino de la cima del Imet Gogo (3.926m). Fanti nos apresura, para que podamos ver algo antes de que se vuelva a cerrar la niebla. A buen ritmo, lo alcanzamos en 1hora y 40 minutos... Tenemos suerte y disfrutamos de unas vistas relativamente despejadas. Lo suficiente como para resultar impresionantes, en todo lo que abarca la vista en un ángulo de 360 grados. Estuvimos uno 20 minutos disfrutando del momento y emprendimos la bajada. En 1 hora y media volvíamos a estar en el refugio. Desde allí, otras 4:30, con alguna parada para comer y demás, hasta llegar al punto donde el día anterior nos había dejado la minivan. Allí estaba nuestro chofer esperando. Las cascadas que no pudimos ver a la ida también estaban ocultas tras la niebla a la vuelta. Pero bueno, habíamos podido ver el Imet Gogo.

 

            Dos horas en el vehículo, bajo una fortísima lluvia, y entramos en Debark ya anocheciendo, con las calles totalmente anegadas y enlodadas. Era curioso descubrir cómo las míseras casas de adobe y chapa, casi sin mobiliario en el interior, y alumbradas apenas por una bombilla, tenían en muchos casos televisión.

 

            La ducha caliente en el hotel nos sentó divinamente. Se fue la luz en todo el pueblo, y tuvimos que cenar a la luz de las velas hasta que volvió. En el pueblo también hacía frío y humedad, así que mangamos colchas y mantas de otra habitación que estaba abierta y desocupada.

 

CAPÍTULO XVII. MARTES, 7 DE SEPTIEMBRE

            A las 7:30 cogemos el autobús a Gondar, que sale puntualmente. Esta vez nos piden la tarifa oficial, 33 birrs. Y en esta ocasión tardamos en recorrer los mismos km. que la otra vez nos llevaron 5 horas, tan solo 3:45, incluidos los controles policiales de rigor. En Gondar, le pedimos al chofer que nos pare en la Piazza, porque allí mismo están las oficinas de Ethiopian Airlines, donde confirmamos de inmediato el vuelo del día siguiente. Y después de esto vamos al hotel: Quean Taytu Pension. Aquí la habitación doble con 2 camas sale por 150 birrs. Están muy limpias y el servicio en buen estado, con agua caliente. En el mismo hotel (los empleados hablan buen inglés) reservamos una minivan para ir al aeropuerto al día siguiente. Al precio de 30 birrs por persona.

 

            Salimos a buscar un lugar donde comer. Nos encontramos con David  (“rastaman”, como reza su camiseta), que se empeña en llevarnos a un local llamado City bar & restaurant, Está en el piso alto de unas galerías, precisamente junto a un bar, digamos, de otra orientación…El lugar es a evitar. Apenas tienen nada del surtido que se anuncia en el menú, tardan más que muchísimo en servirnos, y además cargan un sobreprecio de escándalo en la cuenta. Nos vamos de allí con un cabreo solo comparable a la mala calidad del servicio.

 

            Después de la comida, y de conseguir un café tras varios intentos, nos acercamos al recinto de los famosos castillos. La tasa de entrada son 50 birrs. Contratamos además un guía, por 200 birrs. Es muy majito, y buen profesional. Nos da las explicaciones sobre los castillos. No es que aporte mucho más que lo que viene en la Lonely, pero vas a tiro hecho. Además, se encarga de contratarnos unos tuc-tucs para acercarnos a ver la iglesia de la Santísima Trinidad, que dista 2 km. de allí (hay que pagar 25 birrs por entrar, lo cual no te exime de que te coman las pulgas, esta vez de modo equitativo entre todos).  Después vamos a ver la cisterna de Fasiladas, una torre-palacio rodeada de un foso de agua que en la actualidad se llena 1 vez al año para la fiesta de la primavera. Cerramos el precio de los tuc tucs en 40 birrs cada uno Tomamos 2 y las chicas nos apilamos en uno de ellos, a lo que no pusieron impedimento. Pero al finalizar las visitas, y dejarnos en la Piazza, nos piden un recargo, porque dicen que les hemos hecho esperar mucho. Obviamente nos negamos a pagar, pues aunque el mayor de los conductores acepta que se le pague lo pactado, el más joven sigue peleando la subida. Nuestro guía, apurado, paga de su bolsillo los 10 birrs suplementarios que exige el espabilado conductor. Y nosotros se lo reintegramos, por supuesto, pese a que él insiste en rechazarlo. Al fin y al cabo, no se trataba de una cuestión de dinero, sino de lo que es correcto.

 

            Amaia entra en una sastrería a reparar la cremallera de su pantalón, y mientras aprovechamos para tomar un café en un local vecino. Amaia no se puede sustraer a tomar el café con nosotros, de modo que entra en la cafetería, ante el asombro y divertimento de los presentes, ataviada con una tela envuelta a modo de falda, mientras arreglan su pantalón. En este local la camarera es el colmo de la mala educación, aunque afortunadamente el machiato está bueno.

 

            Luego volvemos a callejear, y nos tomamos uno de los mejores zumos de aguacate de todo el viaje, y un pastelillo. Nos cobran el doble que lo que ponía en la Lonely, lo que supone, a su vez, un 50% más que el precio que estaban cobrando a los locales (como pudimos comprobar de primera mano, pues les estábamos viendo pagar).

 

            Encontramos un local de Internet (al lado del Circus Hotel, visible desde la rotonda de la Piazza), y todos entran a enviar correo. Va más bien lento, y cuando éstos consiguen dar noticias a sus familias, Amaia, Tripu y yo nos retiramos a dormir, mientras que Garbi, Mariaje y José Luis van a cenar algo, al restaurante que había al otro lado de la calle del que habíamos comido. La diferencia debía ser como de la noche al día, por lo que el trío contó.

 

CAPÍTULO XVIII. MIÉRCOLES, 8 DE SEPTIEMBRE      

 

            La minivan nos recoge puntualmente. En 30 minutos llegamos al aeropuerto. No hay nada de tráfico. Hay mucha gente ya por la calle, con tocados blancos, yendo a misa. Al entrar en las instalaciones del aeropuerto debemos sortear un control, otro al acceder al pequeño, coqueto e impecablemente limpio edificio de la Terminal (dispone de alguna pequeña tienda de souvenirs), y luego el resto de controles habituales. Desayunamos en el aeropuerto, y entretanto resolvemos el tema de los billetes de embarque con un atento, amable y guapo encargado. Hasta tal punto es dispuesto el chico, que sube hasta la cafetería en busca de un pasajero que no aparece, un tal Mr. Suárez. Evidentemente, con semejante apellido, a los primeros que pregunta si está entre nosotros es al único grupo de españoles que hay por allí, es decir, nosotros. Pero va a ser que el Sr. Suárez perderá el vuelo, no está tomando un café.

 

            El vuelo hasta Lalibella dura unos 30-40 minutos, viene haciendo escala. El paisaje que se contempla desde la ventanilla es precioso: un verde brillante, apabullante, de montes, prados…

 

            Al llegar a Lalibella, en el también reducido aeropuerto cada hotel u hostal tiene un pequeño mostrador con alguien captando clientes. Te asaltan para ofrecerte su alojamiento y transporte hasta el mismo: todos ellos ofertan el mismo precio de 40 birrs/persona en una minivan, dicen que es tarifa fija. El que escogemos nos baja el precio de la habitación, que aún así y todo es más caro que lo que dice la Lonely: 120 birrs la doble con 2 camas, frente a los 100 que prevé la guía, editada 10 meses antes. El hotel (Asheton Hotel), está muy bien: un patio/jardín central, habitaciones y baño amplios y limpios (a pesar de haber moqueta), sábanas impecables, agua caliente sin restricciones…Cuenta también con servicio de lavandería. Nos cobraron 5 birrs por camiseta, sudadera o pantalón, y 3 birrs por la ropa interior.  Una vez aposentados, fuimos a ver las famosas iglesias excavadas en roca, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

 

            La entrada cuesta 350 birrs, y esto incluye los 50 de entra al museo, que no nos interesaba, y aunque oficialmente viene desglosado, y así aparece en todos los carteles que están a la vista del público, (e incluso al principio nos habían dicho que se podía coger solo si querías), finalmente nos obligaron, a pesar de nuestro manifiesto enfado, a pagarlo conjuntamente. Un auténtico chantaje, vamos.

 

            El guía (el mismo chico que nos había recogido en el aeropuerto y llevado al hotel), nos salió por 350 birrs al día. Como el recinto de las iglesias cierra al mediodía, a las 12:00, fuimos a comer algo. Visitaríamos las iglesias en el horario de tarde, de 14:00 a 17:00. El Blue Nile es un pequeño y coqueto restaurante, unos 100 m. más arriba de la oficina de turismo y el acceso a las iglesias. Es barato, la comida es muy buena y el servicio muy amable, pero tremendamente lento. Se ve que todo, hasta la pasta y el pan, se hace al momento, a mano y con producto fresco, y esto requiere su tiempo, claro. Ese día no hay carne, y todo toca vegetal.

 

            Tras la comida Chris, el guía, se presenta puntual con su uniforme e identificación oficial (por si nos quedaba alguna duda de su legitimidad). Habla bien inglés. Vemos el primer grupo de 7 asombrosas iglesias (Bet Medhane Alem, Bet Maryam, Bet Meskel, Bet Danaghel, Bet Gólgota, Bet Mikael y la capilla Selassie). Los huecos en que se erige cada una, vaciada la roca, se comunican entre sí por estrechos túneles. En cada una el ritual es el mismo: descalzarse a la entrada, visitar el interior y oír las explicaciones del guía, sacar alguna foto, calzarse al abandonarla…y asegurarse de haberse sacudido de encima todas las docenas de pulgas que atacan sin piedad, saltando a las piernas y de ahí hasta más arriba, desde las insalubres alfombras que revisten el suelo de piedra de cada templo. Abandonamos el primer grupo de iglesias a través de la denominada Tumba de Adán.

 

            Vamos luego a visitar la joya de la Corona: la iglesia de San Jorge. Está aislada y es la única que no está cubierta por la antiestética y aparatosa techumbre de acero y pvc construida por la UNESCO, lo cual la hace aún más impresionante. Por último, visitamos el segundo grupo de 4 iglesias, más primitivas, al otro lado del río Jordán (Bet Gabriel, Bet Abba Libanos, Bet Merkorios y Bet Amanuel). De cada una de ellas, dada la próxima hora de cierre, ya nos iban echando los curas que las custodian.

 

            Al finalizar la visita, ya a punto de anochecer, Amaia y Tripu deciden dar un paseo, continuando por la carretera empedrada, por el otro lado del pueblo, en el que se asientan los hoteles y tiendas de más nivel. Nosotros 4 nos vamos a callejear y después tomamos algo en el 7 Olives Hotel (un hotel de nuestra zona pero de más postín), viendo el atardecer. Sin embargo, las vistas no son tan buenas como asegura la guía, están obstaculizadas por los árboles del enmarañado jardín. Además, la consumición nos sale cara: 14 birrs una cerveza, y 30 el café (si bien de éste te puedes servir a discreción).

 

            A las 19:00 habíamos quedado en reunirnos en nuestro hotel con el guía, para planificar el día siguiente. Como finalmente no íbamos a requerir sus servicios, tan solo le dejamos encargado de que nos consiguiera transporte para visitar una iglesia lejos de Lalibella.

 

            Luego cenamos en un pequeño y sencillo restaurante que hay justo enfrente del hotel: el Unique Restaurant. Viene recomendado en la Lonely, y esta vez a la Biblia del viajero le sobra razón. Aunque tardan más de una hora en servirnos (de nuevo la comida es totalmente “artesanal”, hasta la masa del pan y de la pizza está hecha en casa), todo está delicioso. Lo regentan una madre y 2 hijas, muy amables y muy guapas. La comida es barata (por 230 birrs cenamos lo 5 hasta saciarnos), y además estamos solos, a nuestras anchas. Para colmo, al acabar la cena nos invitaron al café, y no solo eso, sino que nos hicieron toda la ceremonia, sin tener que pagar nada. La ceremonia dura media hora: se lava el grano verde, se seca sobre una chapa a la lumbre de carbón, se tuesta del mismo modo, se muele con un mortero, luego se calienta el agua en las típicas cafeteras, donde se vierte el café, y se espera a que esté hecho. Luego se sirve en las tacitas correspondientes.

            

CAPÍTULO XIX. JUEVES, 9 DE SEPTIEMBRE


            A las 7, éstos se levantan para subir a uno de los montes que custodian Lalibella. Yo y mi tobillo aprovechamos para dormir lo que me pide el cuerpo, disfrutar de una ducha calentita y abundante, y volver a visitar las iglesias, en solitario; el museo; dar una vuelta por el pueblo y visitar el mercado.  Entro con el ticket del día anterior, que no tiene límite de validez. Me lo piden tanto a la entrada al recinto, como más tarde, al intentar acceder a San Jorge. En esta ocasión, como la entrada está a nombre de José Luis (que es quien la sacó para todos) y con su nº de pasaporte, pero la portadora soy yo, pretenden negarme la entrada. Los ancianos que hacen las veces de guardas no hablan inglés, por supuesto, así que no hay forma de convencerles. De modo que hago venir a un guía que acompañaba a un grupo cercano, le explico lo que ocurre, y le pido que haga las veces de intérprete. Los guardas se siguen negando a dejarme pasar. El guía sugiere entonces que les enseñe las fotos que saqué el día anterior, para demostrarles que había estado ya en el recinto, es decir, que había ya pagado una entrada. Con sorna, les muestro las tropecientas fotos que había sacado: “esta soy yo, este es el amigo que pagó la entrada colectiva, este es nuestro guía Chris…” “Oh, Chris, yes, I know him”, asegura el amable guía-traductor. Y ya me dejan pasar. Me extraña que no me registraran para comprobar que no llevaba armas de destrucción masiva o que había robado una cruz de plata. ¡Qué terquedad!...

 

            Cuando los excursionistas vuelven, comemos un bocata en el jardín del hotel, y puntualmente viene a recogernos la minivan contratada por 150 birrs para ir a Yenrehama Kristos. Circulamos 2 horas por pista hasta llegar a un pueblo con claras muestras de haber recibido ayuda de alguna ONG en forma de infraestructuras y materiales de construcción. Desde allí continuamos por un camino de cabras. Lo cierto es que es una irresponsabilidad hacer ese trayecto con algo que no sea un 4 x 4. El paisaje es impresionante a lo largo de todo el recorrido: verde por todas partes, familias enteras trabajando la tierra con las manos sin ninguna herramienta, niños que nos saludan entusiasmados al vernos. La furgoneta nos deja en la pequeña plaza de un pueblito, donde termina el camino. Justo antes de entrar hay unas colmenas, así que mejor tener las ventanillas cerradas para evitar que inunden el vehículo y causen picaduras, como nos ocurrió a nosotros. Ascendiendo por un sendero empedrado se alcanza la iglesia, cuya particularidad es estar construida bajo una cueva de techo basáltico, de la que cae una pequeña cascada. Es un lugar curioso. Dentro del recinto de la iglesia, protegida por un horrendo muro de ladrillo, hay 2 edificios, y un osario repleto de restos antiguos. Las pinturas de la iglesia no están en muy buen estado de conservación.

           

            A la vuelta, a las 19:30, quedamos con Chris de nuevo para organizar transporte para el día siguiente desplazarnos al aeropuerto. Nos ofrece una que nos recogería a las 9:00, pero nosotros estimamos que con salir a las 9:30 sería más que suficiente, y esto nos dejaría más tiempo para volver a visitar las iglesias. Nos asegura que cualquier furgoneta seguiría ese horario, pues van recogiendo clientes de los hoteles para llevarlos a todos a la misma hora, al único vuelo que sale al día. Como estamos convencidos de que será posible contratar algo a nuestra conveniencia, nos despedimos ya definitivamente de él y , mientras Amaia y yo vamos a reservar la cena con tiempo al Unique (ya aprendimos el día anterior la lección), Tripu se queda en el hotel, negociando la furgoneta del día siguiente. Consigue una que nos recogerá a las 9:30, y para nosotros en exclusiva. Finalmente llegan JL, Garbi y Mariaje, que se habían ido a dar una vuelta, y vamos todos a cenar.

 

CAPÍTULO XX. VIERNES, 10 DE SEPTIEMBRE

            A las 7 desayunamos en el hotel, café solo (ninguno de los días tuvieron leche) y salimos a ver las iglesias. Nos pidieron los tickets en repetidas ocasiones, pero esta vez no pusieron pegas al ver que íbamos juntos el nº de personas que figuraba en el ticket. (Lo que no recuerdo es si a José Luis le pidieron el pasaporte para comprobar que era el titular de la entrada).

 

            Volvemos al hotel y de ahí al aeropuerto. En lo que tarda en llegar el avión compramos unas pinturas típicas, sobre piel de cordero, en una de las tiendas de souvenirs, magistralmente regateadas por Amaia (40 birrs cada una). El avión hace escala en Gondar. Hay un divertido momento cuando, al preguntar a Mariaje, que estaba en el pasillo que daba a la Terminal, si veía a Mr. Suárez (como llamábamos al guapo azafato de tierra de la ida), para que le diera saludos de mi parte…Mariaje asegura que realmente lo está viendo, porque está en pista. Tras lo cual, claro, yo me abalanzo hasta su ventanilla desde el otro lado del pasillo. Amaia saca veloz la cámara y está dispuesta ya a tomarle una foto cuando…¡las puertas del avión se abren, y sube el chico! Tras hablar con una azafata, ambos se ponen a recorrer el pasillo arriba y abajo haciendo recuento de pasajeros y liberando (por alguna razón que no llegamos a entender) los asientos de la zona media del avión, haciendo a los pasajeros que los ocupaban desplazarse a otros puestos en la zona bien delantera, bien trasera. A todo esto, Amaia seguía sin cortarse un pelo, cámara en ristre esperando el momento de tomar un buen primer plano, maniobra que obviamente ya había captado el morenazo. Para colmo, cuando pasó por mi lado, le pregunté con sorna si había encontrado a Mr. Suárez, él rió, y de no ser por el color oscuro de su piel, creo que podríamos haber comprobado que se había sonrojado. Al menos un poco, tampoco parecía demasiado tímido el chico…En fin, el recuento acabó, y Mr. Suárez abandonó el avión dejándome muy triste, pero con un par de fotos robadas de recuerdo.

 

            Llegamos a Adis Abeba a las 14:00. Desde el mismo aeropuerto no hay bus, hay que salir de las instalaciones y andar unos 200 m. Amenaza lluvia, así que optamos por coger un taxi. Nos piden 120 birrs en un principio, que luego bajan a 100. Pero eso es lo mismo que pagamos en horario nocturno el día que tomamos el avión de la capital a Dhair- Bar, así que ante la negativa de los taxistas a rebajar más el precio, amenazamos con coger el autobús. Entonces rebajan el precio a 80. Empero, cuando invitamos a compartir uno de los taxis con nosotros a un japonés que andaba por ahí perdido y con el que Amaia había hecho ya migas, se niegan a llevarlo. Y hasta que no exigimos repetidamente que nos devuelvan las maletas ya guardadas en el maletero con la intención de irnos en autobús, no ceden.

 

            Una vez llegados al Taitu nos encontramos con que la habitación que valía 255 birrs hacía 10 días había elevado su precio a 360 birrs. Cierto que nos habían avisado al marchar, cuando hicimos precavidamente la reserva, que podría incrementarse el precio a nuestro regreso, puesto que ese mismo día se había devaluado la moneda un 20% y actualizarían los precios. Pero la subida nos pareció abusiva. Así que nos fuimos a la Baro Pension, a 200m, donde la habitación twin sale por 172 birrs, con baño interior.

 

            Comemos al lado del Taitu, en la calle de bares donde habíamos encontrado el local de internet, en un restaurante amplio llamado “KG Corner”. Algo carillo para lo que habíamos estado pagando todo el viaje, pero muy bien: la pasta estaba deliciosa, el único sitio de Etiopía donde la cocinaron bien, se ve que la herencia de la breve ocupación italiana no dio más de sí.

 

            Después de comer, vamos a dar una vuelta sin rumbo fijo: plaza De Gaulle, Catedral de San Jorge (es el patrón del país), hacemos amago de ir hacia los museos atravesando el río, pero la distancia es mayor que la que habíamos calculado. Y escaseando ya la luz del día, la calle estaba mal iluminada. De modo que retrocedemos. Paramos en un horno de pan, plagado de gente que lleva a cocer allí ese día, fin de año en el calendario etíope, un bollo enorme típico de esas fiestas que se envuelve en hojas de plátano para meter al fuego. Los amables trabajadores de allí, al ver nuestro interés, nos invitan a pasar a las dependencias interiores y ver los hornos, nos explican el proceso, y al salir uno de los clientes que se retiraba con su pan ya horneado, nos da a probar del mismo. Estaba muy bueno. Después de eso, encontramos un local muy agradable donde ponían unos zumos de caerse de espaldas, por 7 birrs. Escoger el de aguacate era obligado, claro, aunque los demás probaron combinaciones más atrevidas. Ya es de noche cuando salimos de tomar los zumos. Curioseamos por un mercado nocturno, vemos quemar las primeras hogueras de Nochevieja, las primeras tracas de petardos…Tenemos un encuentro con una familia más bien pudiente, a la que Amaia “asalta” para investigar su pan, que el marido lleva camino del coche. Él dicharachero, está encantado con la charla con los faranjis, pero su mujer le mete prisa poco sutilmente.

 

            Volvemos al hotel para que éstos cambien su dinero, como habían quedado por la mañana con uno de los encargados. Es una gestión que les urgía y los bancos estaban cerrados por festividad. En la zona del hotel el ambiente está ya bien caldeado a estas alturas del día y de la ingesta de alcohol. Éstos sugieren ir a tomar unas cervezas, pero el primer intento de encontrar un local ya me agobia: niños acosando constantemente con las habituales peticiones, jóvenes guays acosando en otro sentido, borrachos, peleas de borrachos que te alcanzan sin comerlo ni beberlo y están a punto de hacerte besar el suelo…Decido dejar allí a los demás y largarme al hotel.

 

            No hay agua cuando llego. Se justifican diciendo que hay cortes en toda la zona por las noches, hasta las 6:30. Pero lo cierto es que en el Taitu, vecino, no faltó el agua por las noches. Y es más, al contratar, el dueño, nos juró que dispondríamos de 24 horas de agua caliente.. La cuadrilla regresó al poco tiempo, aunque volvieron a salir para ver los fuegos artificiales al dar las 24:00. Un gran despliegue, digno de la mismísima Aste Nagusia. Dispendio chocante en un país tan pobre…

 

CAPÍTULO XXI. SÁBADO, 11 DE SEPTIEMBRE


            El último día vamos a visitar el Mercato, varias manzanas de locales dedicados a la venta de toda clase de productos. Tripu ya lo conocía del día anterior a nuestra llegada, y asegura que es muy animado.  Sin embargo, claro, no habíamos caído en ello, hoy era Año Nuevo, y prácticamente todos los puestos están cerrados. Lo cual no impide que las chicas consigan comprar unos bonitos pañuelos. Bajamos por interesantes calles donde se desarrolla la auténtica vida de la ciudad: gente haciendo sus compras diarias, saliendo y entrando de su casa a la del vecino en las barriadas, preparando la comida… En un par de supermercados nos aprovisionamos de cafés (2’30 birrs) y tés (2’40) para traer a casa. Y alcanzamos nuevamente la avenida Churchill. Empieza a llover, y aprovechando la coyuntura entramos en una tienda de artesanía a curiosear. Allí compramos, tras dura negociación con el impasible dueño del local, un montón de platos mursis (12 piezas por 500 birrs. Desde luego, más caro que los 10 birrs por plato que había pagado JL a las propias indígenas en el Sur). Luego nos acercamos a las tiendas de souvenirs que habíamos visto en la primera visita a Adis, yo tenía interés en adquirir unos cuadros-collage hechos de hoja de plátano, que finalmente encontré y compré por 20 birrs cada uno (negociados de forma sospechosamente fácil, de modo que seguro que se pueden conseguir más baratos). Comimos en una terraza cercana, donde en la anterior ocasión habíamos visto que se celebraba con gran animación un bodorrio con los trajes más horteras que se puedan imaginar. Servían un único plato: carne. Estaba expuesta en un mostrador (obviamente sin refrigeración ninguna), tú escogías la parte de la pieza que te apeteciera, al kilo, te la troceaban allí mismo, y te la cocinaban al momento. 1 kilo te cobraban 70 birrs. Pedimos 1 kilo, pero estaba tan deliciosa cuando nos la sirvieron, que repetimos con otro kilo.

 

            Tras pasar por el hotel a dejar nuestras adquisiciones, cogimos un autobús en la plaza De Gaulle que nos acercara a ver los museos. Nos indicaron que cogiéramos el que iba dirección a Arat Kilo, pero lo cierto es que nos dejó a una considerable distancia, tuvimos que subir toda la Avenida Jorge VI y la Avenida Argelia. El Museo Etnológico, tan altamente recomendado, estaba cerrado. Amaia y yo, en lo que los demás se iban a tomar un zumo, entramos al Museo Nacional (10 birrs, los extranjeros, 2 birrs los nacionales). Lo vimos a la carrera en media hora, sin perdernos las salas del sótano dedicadas a Lucy, el primer homínido encontrado en la región, y una amplia muestra de fósiles. Y nos hacen el favor, cuando ya estaban apagando las luces, de dejarnos 10 minutos más para visitar las plantas superiores. En la planta baja hay una muestra de ropas, tronos, y objetos de adorno de valor. En la primera, pinturas de varias épocas, incluida la contemporánea, y en la 2ª utensilios y ropas tribales. Hay que advertir que ni los niños bien vestidos que visitan el museo dejan de pedir dinero a los turistas.

 

            Tras salir del museo, paseamos ciudad abajo, rodeando el parque del Palacio Presidencial. La avenida que por ambos lados rodea el elegante recinto confluye al Sur para formar una única vía que llega hasta la Plaza Mescal, y da por su otro lado a una barriada miserable y sucia de chabolas apelotonadas, de la que sin embargo afloran familias vestidas impecablemente de domingo…Mientras, por encima de la línea de chamizos se distingue, unos centenares de metros más lejos, la imponente figura del Hotel Hilton y sus enormes jardines amurallados, con todas sus banderas ondeando al viento. Es realmente el lugar de Etiopía donde más consciente eres de la pobreza del país. Allí donde se ven los mayores contrastes. Hasta entonces, la pobreza que habíamos visto nos había parecido en cierta manera digna: compartida en iguales condiciones parece menos pobreza. Tan cuidado lo poco, lo muy poco que tienen, parece menos paupérrima…Pero cuando ves la ostentación junto a la necesidad, entonces la pobreza se convierte en verdadera miseria. En injusticia patente.

 

            Descendemos precisamente por la calle que una muralla separa del lujoso hotel para llegar a la zona ya conocida donde habíamos comido, en busca de un spa con que mis colegas habían decidido homenajearse.  Yo prescindiría de tal regalo, con un ligero catarro y sin ninguna gana de recibir un masaje, preferí quedarme esperándoles en el bar del spa, tomando un zumo de aguacate (de los más caros -12’65 birrs- y menos sabrosos que había probado). Allí me quedé leyendo. A quien interese, el precio de sauna + masaje, 1 hora, es de 85 birrs. Todos salieron encantados.

 

            Antes de cenar algunos entran a Internet. Mientras, Garbi y yo esperamos fuera, viendo el movimiento de la calle. Los porteros de un bar que ocupa el bajo de las galerías (un hombre mayor y una mujer), que se dan cuenta del rato que llevamos esperando, nos sacan amablemente 2 banquitos para que esperemos más cómodas. Cenamos nuevamente en el “KG Corner”. Como siempre, todo estaba bueno, aunque esta vez el servicio fue aún más lento.

 

            Nos tomamos el último machiato del viaje en el salón decimonónico del Taitu, repantigados en sus butacas. Y nos despedimos de Tripu, que marcha a las 4:45 del día siguiente a Harar, al Este, en un largo viaje en autobús. Garbi, Mariaje y JL, el trío calavera, aún se queda de bares a tomar unas cervezas y bailar un poco, en el garito de las galerías de internet, el de los amables porteros. El resto nos vamos a acostar.

          

CAPÍTULO XXII. DOMINGO, 12 DE SEPTIEMBRE


            Esa mañana negociamos el taxi en el hotel para ir al aeropuerto (no nos habíamos puesto de acuerdo la noche anterior para dejar cerrada esta gestión). Inicialmente el “botones” me pide 200 birrs por un taxi…y tras la negociación de rigor primero lo baja a 185 y luego a 200 por los 2 taxis que necesitamos. Uno viene de no sabemos dónde, y el otro sale de la casa vecina. Este último no arranca, y hay que empujarlo calle abajo (muy surrealista), mientras el impecablemente uniformado taxista se disculpa repetidamente. Es muy amable y chapurrea algo de inglés.

 

            Llegamos rápidamente al aeropuerto. El taxista paga 2 birrs por entrar en el recinto (que luego no nos reclama) y bajamos del taxi con nuestras mochilas, resignados a abandonar ya Etiopía. Desayunamos en el aeropuerto, donde recibimos la prueba más palpable de que Etiopía se ha acabado: nos cobran por 6 tostadas y 4 cafés 240 birrs. Bienvenido a Europa.

 

            Sin embargo, Europa la pisamos realmente 7 horas más tarde, al desembarcar en el aeropuerto de Frankfurt, donde deberíamos esperar 3 horas hasta el trasbordo a Bilbao. El avión de JL a Madrid saldría antes de la Terminal 2. Así que le acompañamos y nos tomamos unas cervezas y unas patatas fritas del Mc Donalds (¡Dios, qué decadencia!) hasta que él debe dirigirse a su puerta de embarque. La T2 tiene un inmenso ventanal desde el que se ve en primer plano la pista de aterrizaje. ¡Algunos viajeros de edad incluso se dedican a controlar la entrada y salida de aviones con prismáticos, mientras se toman algo!

 

            Después de despedirnos de JL, volvemos a nuestra Terminal y sacamos los billetes de embarque. Nos dicen entonces que están buscando voluntarios para pasar noche en Frankfurt y tomar vuelo a la mañana siguiente, con compensación de 250€, por haber overbooking. En principio rechazamos la propuesta, porque las chicas tienen que trabajar al día siguiente, y aunque yo tengo cogido ese día libre, no me apetece quedarme sola. Pero luego ellas se lo piensan y volvemos para apuntarnos a la lista. Finalmente fallan pasajeros a última hora y embarcamos. Además, con asientos separados. Lástima, ya nos habíamos hecho a la idea de prolongar las vacaciones 1 día más, y conocer Frankfurt, aunque fuera en media hora, gracias al tren que conecta directamente el aeropuerto con el centro de la ciudad.

 

            Vuelo FRA-BIO, LH 4504, Boeing 737-300, salida 21:05, Terminal 1. Nos obsequian con los mismos bocatas de jamón en pan de molde con semillas y una salsa amarga, y de queso, que no probé. Sin embargo, originó una conversación con mis compañeros de asiento, entre los cuales me hallaba encastrada, y que se hacían cruces de la calidad del tentempié. Venían de Noruega, y formaban parte de una comisión de agricultura en viaje oficial. El mayor, parlamentario del Gobierno Vasco (socialista a juzgar por su discurso), y un chico joven, miembro de una cooperativa agraria de nombre GARAIA. Tuvimos una aleccionante charla sobre los productos transgénicos (el motivo de la visita a Noruega era oponerse a ellos) y los cultivos ecológicos. El chico, que se dedicaba a efectuar los estudios de mercado de la cooperativa, me aseguró que el sobreprecio de los productos con label vasco era originado exclusivamente por el encarecimiento del cultivo, no porque se obtuviera más margen de beneficios, y que por ello realizaban un enorme esfuerzo para convencer a los agricultores de sumarse a este sector, y al Gobierno Vasco de que lo subvencione.

           

            En fin, llegados a Loiu, y tras una espera inane en la cinta de equipaje, Garbi y yo constatamos que nuestras mochilas estaban perdidas. Una trabajadora de malos modos nos aseguró que se habían quedado en Frankfurt, y que nos serían entregadas al día siguiente. Por su parte, Amaia se percató de que había olvidado el móvil en el avión, así que esperamos a que desembarcara toda la tripulación, y una azafata muy amable se presentó con el móvil perdido. Las mochilas serían otro cantar. Los aitas de Amaia me llevaron hasta casa, y la aventura etíope no acabó hasta 3 días después, cuando, después de varias llamadas al servicio de equipajes del aeropuerto, inexplicables olvidos en el reparto del primer y segundo día, y reclamación oficial enviada a Lufhtansa (además de la inicial en el propio aeropuerto el día de la llegada), mi mochila llegó sana y salva a la puerta de mi casa, sin perder siquiera el inconfundible olor a África que aún a día de hoy persiste en mi banquito tribal.

 

 

 

THE END

 

 

 

 

 

 

 

Fecha: 
August 2010
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